Mesopotamian blues

Noé prepara el arca junto a la orilla de algún río de Babilonia. Gilgamesh bostezó ayer, según se dice; y cuando un gigante se aburre, y el bostezo es el instante supremo del aburrimiento, cuando un gigante se aburre mata moscas con el rabo como un vulgar demonio, como uno de esos miles de demonios con los que Lilith se acopló en la orilla de algún desierto, cuando inició su camino de perdición, o cuando ya lo tenía bastante adelantado.

Noé construye porque Gilgamesh bosteza (y hay peligro en ese bostezo). Noé tiene visión de futuro. Lilith, mientras tanto, hace como que procrea, llenándose la espalda de arena y no de alacranes, como de milagro. Tres instantes en el largo verano mesopotámico. Noé en su instante laborioso, que es el que permanece y rinde frutos en los instantes siguientes del porvenir. El bostezo de Gilgamesh y el acoplamiento de Lilith son como más cortoplacistas, sin embargo. Pero tiene que haber gente para todo, Noé, dale un martillazo más a tu obra de posteridad o salvación.

En Acad construyen zigurats para combatir el tedio del verano. Y aunque levantar esos templos, con esos escalones sobre todo, es asunto plurianual y no es cosa de un verano ni de dos, sirve para matar el tedio de la historia que fluye como la corriente inmóvil del Éufrates, que es más lento que el Tigris, siempre lo ha sido. Un mar de cereales entre las ciudades-Estado, Acad entre ellas, así es como empezó el neolítico y la civilización. Luego algo de cerámica para guardar el producto, y un poco de pintura para que la cerámica haga bonito. Ya no son sólo bisontes en Altamira, hijos incoloros de Lilith, que siempre estáis a lo vuestro y no hacéis el caso debido a lo inscrito ni a lo pintado en la vasija, sólo pensáis en comer el grano que lo llena.

Es la pintura y el arte, hijos putativos de Lilith, picapedreros del arte antiguo, yihadi-boys de los barrios menos sublimes de Londres o Amberes que hacéis realidad lo que alguien dijo o dirá en un despacho acristalado de Tel-Aviv: hay que devolver a la región a la edad de piedra. Vosotros ponéis la piqueta donde alguien os señaló con el billete verde. Gilgamesh bosteza tras el despacho acristalado.

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The Wire

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Derrengado por los trabajos y las semanas, las norias, los vaivenes y las rutinas, me hundo en el sofá dispuesto a improvisar algunas evasiones de la realidad. Con el mando a distancia la realidad quedará lejos, me imagino. Una serie de televisión de capítulos infinitos será la tierra prometida durante unas horas. Una tierra prometida con fecha de caducidad, pero bueno. El pendrive se hunde como un cuchillo en la mantequilla del televisor. Se inician los fotogramas sucesivos que llegan a lo largo del tubo de electrones, o como sea la cosa que nos reproduce las imágenes, las palabras y las reverberaciones de pensamientos ajenos. Unas imágenes de violencia y trascendencia, según va pareciendo. La vida misma, a lo mejor.

La serie se llama The Wire (el micrófono) y se desarrolla en Baltimore, en los años actuales. La serie quiere ser un reflejo, y lo es, de la vida en el guetto, esos arrabales interiores del imperio USA. Un imperio romano de la era moderna que ha dado un paso más allá del mare nostrum y se ha hundido en el piélago pixelado que inunda como un tsunami unos ojos; los míos, ahora. Baltimore, esa vieja ciudad nombrada en viejísimas películas épicas, de conquista del Oeste. Un Baltimore que era símbolo de refinamiento y civilización, en esas películas, y que ahora, en ésta, y me temo que en la realidad también, es una ciudad con la barbarie y el guetto, valga la redundancia, incrustada en su seno maduro. No sé si la épica acompañará a esa barbarie, o a quien lucha contra esa barbarie, aunque no lo creo. En Baltimore el tráfico de drogas es ley, o al menos costumbre. El comercio de sustancias estupefacientes, como quedaría mejor decirlo, no siempre consigue la creación de paraísos artificiales. Los departamentos de policía se ven impotentes de corrupciones. Aparecen los bloques de edificios del color del plomo; y no sólo del color. Aparecen los solares, los descampados antibucólicos en el centro de la urbe. Y aparece un sofá destripado en el centro mismo de uno de esos solares. Un solar regado por un sol inaudito, inexplicable. Tiento mi sofá, no sé si inexplicable, pero sí ausente de ese sol. Espero no encontrarme esa realidad virtual al otro lado de la puerta. Ni al otro lado ni en éste. Espero que la evasión de la realidad no sido un amago de huida. Saco el cuchillo de la mantequilla y el televisor se desangra.

Apuntes para una guerra infinita

Si matar no es una cosa buena o saludable en la vida corriente, ¿cómo es que las muertes que se producen en el contexto bélico son ya otra cosa, como es que parece que ahí sí se puede matar?

Un bombardeo, en ese contexto bélico, no se llama terrorismo. ¿Acaso porque un bombardeo no produce terror? Un bombardeo es como un conjunto de bombas previsibles, con una cierta cadencia musical, según la visión de cierto excepcionalismo moral que vamos a ir desarrollando durante cinco minutos.

Las bombas de un bombardeo pertenecen a la categoría de guerra justa aunque mueran inocentes, que son los que más mueren. Las bombas son píldoras de una justicia distante y masiva.

Las bombas sueltas, o atentados, son píldoras de injusticia escasa y dispersa.

Una bomba inesperada en un café de París, digamos, es como algo llovido del cielo prematuro de las ideologías. A esto ya podremos llamarlo terrorismo.

Si los atentados en los que mueren doce inocentes sirven para desencadenar guerras en los que mueren doce mil inocentes (de otro color o del mismo), parece que la lógica moral o matemática se ha desarrollado correctamente.

Si el atentado primero funciona como casus belli de la guerra segunda hemos logrado la cuadratura del círculo.

Si el atentado primero, o casus belli, ha sido ideado, financiado o desarrollado por la nación que lanzará la guerra segunda haremos como que no importa.

Si un terrorista se deja el carnet de identidad en el lugar del crimen no nos reiremos y nos creeremos todo lo que nos cuenten sobre ese atentado.

Seguiremos la lógica anterior tantas veces como sea necesario a lo largo de nuestras vidas.

Una visión anarco-capitalista de “El hombre del brazo de oro”

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Frankie Machine es un drogadicto de Chicago. Acaba de llegar a su barrio ínfimo de toda la vida después de pasar una temporada a la sombra, en la penitenciaría del Estado. En su casa le espera una esposa en silla de ruedas, Zosh. Y en el bar de la esquina le espera el lumpen en el que se desenvuelve su vida. Frank es timbero. Una timba es una casa de juegos no autorizada; timba también significa poner empeño y emoción al tocar música. Y es que Frank es un baterista de jazz frustrado al que el mono de la heroína le hace temblar el brazo; no puede dedicarse al jazz. Y su esposa exige el dinero fácil que Frank obtiene repartiendo cartas en la timba. Frank no puede desarrollar una carrera a largo plazo en el mundo de la música. Se conforma con las cartas y las drogas. 

Frank, pues, está atrapado en dos mundos, el mundo de las drogas y el del juego. Ambos son mercados ilegales o muy intervenidos por el gobierno. En ambos mercados existe el riesgo de ser expulsado: si el gobierno te atrapa desarrollando esas actividades acabas en la cárcel. A Frank ya le ha sucedido en alguna ocasión. En los mercados negros que inevitablemente se desarrollan en paralelo a la ley, también surgen los conflictos. Y al ser mercados ilegales, no puede acudirse a los tribunales ordinarios de justicia, ni mucho menos pueden formarse agencias privadas de protección y seguridad. La gestión de conflictos se convierte en la ley de la selva, del más fuerte, en el reino de la violencia y la delación. La ilegalización de mercados ha generado esta selva que es el mundo en el que la vida de Frank de desarrolla.

Luego está el camello del barrio, Louis, que tiene el monopolio local de la mercancía, presumible y habitualmente logrado, a su vez, por medio de la violencia. La heroína tiene un precio elevado por dos motivos: en primer lugar porque hay que pagar una elevada prima de riesgo (riesgo de ser atrapado por la policía); y luego por la existencia del citado monopolio local coactivo. Frank, dependiente de la droga, tiene que pagar esos altos precios por su mercancía. Y la forma rápida y cortoplacista de conseguir pagarlo es haciendo de timbero. En la timba también hay riesgo policial, por tanto Frank cobra un ‘sobresueldo por prima de riesgo’ por trabajar en este segundo mercado. Y así anda Frank, entre dos mundos ilegales o intervenidos, violentos, jugándose cada día no sólo el dinero de la timba, sino los propios días de su vida, que pueden acabar volviendo a la cárcel. 

La ilegalización de mercados crea guettos, donde lo inmoral (robo, violencia, delación, droga) tiene un valor creciente, pues son incentivados al ser ‘necesarios’ para sobrevivir. Donde el cortoplacismo, ejemplarizado por la satisfacción inmediata a través de la droga, impone su voluntad.

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Cristianos vs Zoroastrianos

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Hay científicos que persiguen descubrir la inmortalidad. La nueva teoría se llama transhumanidad, que es como la transhumancia de la inteligencia a través del tiempo cósmico. La inteligencia toma el asiento del alma en su viaje hacia el infinito. Pero la inteligencia es la pariente pobre del alma, dura y fría. Una compañera de viaje demasiado inquisitiva. Nos dará el viaje. La inteligencia, en esta hipótesis quizás científica, sería transportada más allá del tiempo actual o finito en que transcurre una vida. La transhumanidad sería una eternidad de laboratorio: Una probeta donde se acunará la inteligencia en su viaje al más allá. Hay científicos que creen en un dios desarrollador de la inteligencia artificial; ellos mismos son esos dioses. Y su sueño es éste: Una copia de nuestro cerebro es encerrado en un ordenador que vivirá eternamente, invulnerable y mecánico, más allá de toda cronología. El ordenador tendrá su propia conciencia, o sea, nuestra consciencia robada, atrapada entre barritas de silicio. Una vida fría y para siempre.

Lo que no sabemos es si los transhumanos contarán borreguitos electrónicos que les aproximen a las fronteras del sueño, como creía Philip K. Dick. Ni quiénes serán los guardianes del silicio que impidan la desconexión de estas almas electromagnéticas. ¿Acabarán los transhumanos dominando o siendo dominados por una mano carnal?

Los transhumanos jugarán a las cartas en los casinos futuristas de la luna, contemplando la Tierra, el planeta/mar, llena de seres azules y mortales que se aproximan al naufragio. Los transhumanos verán el amanecer de mil soles, se deslizarán por los toboganes que forman los anillos de Saturno, aprenderán a cabalgar sobre los rayos de Júpiter, penetrarán en los antros plutónicos donde se hace cosquillas a las entrañas del Tiempo.

Los transhumanos soñarán que fueron hombres y ya no sabrán lo que son.

Escucharán a Zaratustra.

El socorro de Goes

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Los Tercios combatían en silencio, en Flandes, concienzudos y centrados en el asunto militar, con la espada soltando los mandobles requeridos a Diestro y Siniestro, o soltando finuras florentinas en las noches tibias de Holanda, que estaba más al norte y donde no había tanta guerra. Los Tercios volvían al día siguiente al combate de Flandes, con el mosquete cargado por si las moscas, o por si la tecnología militar había avanzado mucho en la última noche y no eran suficientes las espadas. El casco que llevaban los Tercios tenía forma de bajante para que les resbalara el acero de las espadas que venían a caballo. Les resbalaban los problemas a los Tercios, las incertidumbres del más allá. Ante una situación desesperada, les propusieron negociar la rendición… “Ya negociaremos después de muertos”. El honor no era una hipótesis de trabajo.

La guerra de Flandes fue una sucesión de escaramuzas que duró ochenta años. La Reforma Protestante era el casus belli de esos príncipes del norte para conseguir sus poderes respectivos. La Casa de Orange fue forjándose en esa época, en esos bellos países en miniatura que querían sus pequeñas monarquías. Los Habsburgo les resultaban demasiado austríacos y lejanos. La monarquía que nació en el Danubio no podía reinar en la desembocadura del Rhin.

La ciudad de Goes había sido sitiada por los holandeses. También por los británicos, que venían cruzando el Canal de la Mancha y se encontraron con una guerra. Y decidieron meterse a pelear junto a los holandeses a ver lo que sacaban y cómo se lo repartían. Isidro Pacheco toreaba en la plaza esa tarde, es decir, que le tocó defender la plaza fuerte española y lo hizo. Sólo que se quedó aislado y sin avituallamientos. Pidió el necesario socorro para que la gente no se le fuera muriendo de hambre y de sed en Goes, esa ciudad norteña rodeada por las aguas saladas y frías del mar del Norte, en el dédalo de islas, ríos y brazos de mar que conformaba y sigue conformando la provincia de Zeelandia.

Los Tercios decidieron cruzar uno de esos ríos o mares que aislaban la ciudad; y decidieron acudir en socorro de Goes. El río Escalda necesitaba quince kilómetros de ancho para desembocar, en esos países tan bajos y llanísimos donde las aguas se desparraman con facilidad. Quince kilómetros de ancho para llegar a la ciudad, atravesando una noche y un río. Los 3.000 soldados de los Tercios españoles, con el agua al cuello durante seis horas, con los fondos marinos o fluviales plagados de lodo, con los vaivenes e incertidumbres de las corrientes del río y del mar. Sobre los hombros, cada uno llevaba un saco de comida para avituallar la plaza fuerte, un saquito de pólvora y un mosquetón. Seis horas de expedición nocturna y fluvial. Si eran vistos por la flota enemiga, el plomo estaba asegurado que caería sobre ellos. Los Tercios avanzaron en silencio. Y no fueron vistos ni oídos.

Épica bóer

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La tripulación de la Compañía Holandesa de las indias Orientales era diezmada por el escorbuto. Se pensó en establecer, entre Holanda e Indonesia, un punto intermedio de avituallamiento de frutas y verduras frescas. Los portugueses tenían Mozambique para tomarse la vitamina C, los británicos habían intentado una colonia penal próxima al Cabo. Los holandeses establecieron en la bahía de Tafelbaai una pequeña colonia de 95 hombres y cuatro mujeres. Reparto desigual de tareas. Se veía venir. Una poética línea de almendros fue la frontera que separaba la colonia del resto del continente. El s. XVII llegaba a su meridiano.

Mucho más al norte, en la Francia de los reyes soles, con la revocación del edicto de Nantes doscientos mil protestantes/hugonotes salieron del país. Inglaterra, Prusia, las colonias americanas eran sus destinos posibles. ¿Y por qué no África del Sur? También se fueron a África del Sur.

La colonia de Tafelbaai crecía en población, la Compañía de las Indias Orientales subía los impuestos para hacer frente a sus deudas crecientes… El comercio de las especias dejaba de ser rentable… Tafelbaai no tenía mucho más que ofrecer a los colonos. Había que traspasar la línea de almendros y abandonar las inmediaciones de El Cabo, adentrarse en las praderas negras del interior del país. A los emigrantes se les denominó Trekboer (granjeros errantes) o Grensboere (granjeros de frontera). Como la Compañía de las Indias Orientales no podía garantizar su seguridad mucho más allá de las arenas fronterizas con el mar austral, los trekbóer se calzaron las botas y adquirieron la sana costumbre de la autodefensa.

A principios del s. XIX los británicos tomaron por las armas la colonia de El Cabo. Quince mil bóer emigraron, ahora sí masivamente, hacia el norte. Fueron más allá del río Orange. A la expedición se la denominó el Gran Trek. Algunos bóer se encaminaron hacia la región de Natal, en el este, con la intención de establecer una república independiente con salida al mar. Pero allí se encontraron con los zulúes, belicosos y negros, que en los tiempos del rey Shaka, el Napoleón negro, había exterminado a un millón de bantúes. No era mal precedente. Estábamos en el territorio de las guerras tribales. Hubo la Batalla del Río Sangriento entre los bóer y los zulúes. El nombre lo dice todo. 450 bóers comandados por Andries Pretorius lograron vencer a 12.000 zulúes. Formaron un círculo con sus carretas a modo de fortaleza improvisada (laeger) y lanzaron plomo sin contemplación contra los guerreros negros que se aproximaban con ánimo de revivir la edad de piedra.

Pero los bóer fueron expulsados de la región recién conquistada. A Natal llegaron también los británicos… Emigraron más hacia el norte, los bóer, atravesando las montañas del Drakensberg. Se dirigieron hacia los territorios futuros del Estado Libre de Orange y la República independiente de Transvaal. Allí fundaron la ciudad de Pretoria para dedicársela a su antiguo comandante, Pretorius. El nombre se parece. Los británicos estaban concentrados en la colonización de la India y no desviaron recursos adicionales a la belicosa punta de lanza en que se había convertido el sur de África.

A finales del s. XIX se descubrió oro en la región bóer. Hubo un boom económico y cultural. Un florecimiento. Hubo el proyecto también de tender un ferrocarril hacia Mozambique para comerciar con los metales preciosos, al margen británico. Pero Cecil Rhodes, gobernador de El Cabo, pretendía unir toda África en una vía férrea. Hasta El Cairo. Rhodes quería sellar el imperio británico con acero forjado y mucho ferrocarril. Rhodes, sin embargo, no utilizó la vía militar para conseguir sus propósitos ferroviarios, sino la sutilidad demográfica. Inundó el país de inmigrantes británicos. Éstos carecían de derechos políticos en los territorios bóer, eran unos recién llegados. Además, no pertenecían a la Iglesia Reformada Holandesa. Si no eras un parroquiano reformado no eras nadie en el país bóer. El plan de Rhodes consistía en que los futuros votantes de ascendencia británica bascularan el país hacia los intereses auríferos de la Gran Bretaña. Pero los bóer no tragaron el anzuelo afilado de la democracia, que era pan para hoy y ya se sabe. Los británicos hicieron una chapuza de golpe de estado en Johanesburgo. No funcionó. Así que finalmente utilizaron la excusa democrática, la defensa de los derechos de los inmigrantes británicos, como casus belli para declararles la guerra a los bóer.

Pero los boér eran centauros del desierto, certeros tiradores, conocían el terreno desde hacía seis generaciones. Con su táctica de guerrillas pusieron en grave peligro al abierto ejército británico, que decidió no tener piedad y empleó dos tácticas nuevas contra los guerrilleros. En primer lugar, llenaron el país de una línea de block-houses: pequeños fuertes aislados con una pequeña guarnición y una línea de demarcación alambrada. La guerrilla boér quedaba maniatada entre alambres. En segundo lugar, los británicos querían amputar la línea de suministros de los guerrilleros. Objetivo: la población local que les daba apoyo. Apenas se conoce que los británicos tuvieran escrúpulos en inventarse los… campos de concentración. Veinte mil bóer y otros tantos negros murieron hacinados y hambrientos entre un mar de alambres. Niños y mujeres incluidos.

Los ingleses ganaron la guerra.