Serigne Mbayé, lo que pudo haber sido y no fue

Serigne Mbayé empezó muy bien en las playas de Senegal. Como hombre tradicional que era, siguió el oficio de su padre y de su abuelo y se hizo pescador. No sabemos si de altura o de bajura, pero el caso es que pescaba meros, merluzas, doradas y, pescando, pescando, llegó a tener embarcación propia. Y el emprendimiento en los mares africanos no es poco emprendimiento. Así que Serigne Mbayé era un pequeño empresario en las playas de Senegal, pues era dueño de su propio medio de producción, y así podemos definir al empresario.

Pero la vida es dura para los pequeños empresarios, autónomos, autoempleados, o como se les quiera decir. Los grandes buques de pesca, esas factorías flotantes, se dice que cogen mucho pescado en ese dominio público que son los mares, sin propiedad privada de las aguas, sin leyes de mercado, sin nada de todo eso. El caso es que el pequeño empresario tuvo que cambiar de negocio. Seguía bien Serigné Mbayé. Ante la competencia, emprendía de nuevo. En este caso, emprendía un cambio de aires.

Y como lo suyo era el mar, pues al mar que se tiró. Quizás cogió un billete, o lo que quiera que vendan para embarcarse en una patera, y se fue hasta las costas de las islas Canarias, que quedan más lejos de lo que parece, pues el Atlántico sigue siendo el Atlántico.

En la península trabajó de mantero y en algún otro oficio de oficina, pero el emprendimiento aún le llamaba, y con un cuñado suyo fundó un restaurante. Algo vegano, que estaba de moda. Ya tenemos a Serigne Mbayé al frente de una empresa familiar.

Pero el empresario se fue torciendo tras varios años en la península. No sé sabe bien qué le pasó, ni cuál fue el punto de inflexión. Serigne Mbayé había sido un hombre tradicional, siguiendo el oficio de sus antepasados, había sido un pequeño empresario en su tierra y luego en la nuestra, creía en la familia, en la empresa, en la empresa familiar, pero poco a poco fue descubriendo el intrígulis de Europa, ese lugar nuestro en el que lo que priva es crecer a la sombra de la política, ahí está el buen beneficio, el fácil. La política es el fruto que cuelga de la rama de la economía, el fruto que sostienen y hacen crecer los empresarios, autónomos, autoempleados, el sistema privado que sustenta lo público.

Y Serigne Mbayé se agarró a esa rama, la de la política, más cómoda que la rama de la empresa, y se apuntó a un sindicato (el Sindicato de Manteros) y luego a un partido político (el partido de Podemos). Y ahí está Serigne, a la sombra de las palmeras presupuestarias, en las playas de la Asamblea de Madrid.

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