Dioses y business

Dioses y business

Llegaban los fenicios a las costas de Iberia. Fundaban un santuario a Melkhart, a Baal, a su esposa Astarté, o a quien fuera. Pedían que sus dioses les fueran propicios en sus viajes y en sus negocios, pues todo era uno. Y luego comerciaban con los indígenas. Buscaban los metales. El oro y, sobre todo, la plata de Tartessos (de lo que iba siendo Tartessos). Al principio buscaban también el estaño, del que el mar Mediterráneo era deficitario. A cambio de los metales ofrecían ánforas y orfebrería (metales trabajados con arte y técnica).
En los intercambios iba llegando el alfabeto, registrado en documentos comerciales. En los intercambios saltaban las gallinas de los barcos fenicios, el olivo, la vid, más técnicas nuevas  (para construir embarcaciones mejores o extraer más productivamente los metales).
Y los intercambios se producían en los templos o santuarios, que aportaban algo así como la seguridad jurídica, el juramento o garantía de que no se produciría engaño, cada cual juraba a su dios y se atenía a las consecuencias. Los dioses eran los garantes de los intercambios de los hombres.
Era costumbre semita la que Jesús quiso abolir echando a los cambistas del templo, con el mensaje de que no podía servirse a dos amos, a Dios y al dinero.

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