El principio de la gracia suficiente y eficiente

La escolástica, que quizás fundara Santo Tomás en Italia, o en sus clases en la Universidad de París, allá por el s. XIII, tuvo un desarrollo especialísimo en Salamanca, en el Siglo de Oro español. Varias fueron las polémicas que allí se fueron desarrollando, para afinar en cuestiones de fe mediante el uso de la razón, esas dos armas o fuerzas complementarias y no rivales. Una de estas polémicas, De Auxiliis, fue principalmente sostenida entre Domingo Báñez (dominico) y Luis de Molina (jesuita). (Conviene no confundir a Luis de Molina con Miguel de Molina, que es otra historia). Así, Luis de Molina había escrito La Concordia, una obra en la que intentaba conciliar la providencia divina con el libre albedrío del hombre. De esta forma, el hombre, al nacer, poseía ya la gracia suficiente que, debidamente desarrollada en su camino de perfección en este mundo, sería, a su vez, eficiente para lograr la salvación, es decir, el acceso a los cielos. Este principio de la gracia suficiente y eficiente, esta chispa divina que existe en el hombre y que, convenientemente desarrollada mediante las obras en este mundo, le conduce al paraíso/cielo/salvación, este principio, decimos, que afirma el libre albedrío del hombre, pues con esta gracia puede hacer el bien o bien puede ignorarlo (libre es de ello), con este principio, seguimos diciendo, se establecía una distinción clara frente al determinismo luterano, pues los protestantes se habían inclinado hacia la doctrina de la predestinación: el hombre, caído a causa del pecado original, sólo podía salvarse mediante la fe, las obras no importaban; Dios en última instancia, era quien otorgaba o no otorgaba su Gracia para la salvación del hombre. ¿Y cómo podíamos saber si Dios nos había otorgado su gracia, qué pistas teníamos de nuestra salvación, según la cosa luterana? Pues según nos fuera en este mundo, ése sería el indicio. Si obteníamos riquezas, es que Dios nos estaba favoreciendo. Así que lo luterano se iba concentrando en la obtención de las riquezas y en esa fe solitaria, ausente de obras, para el logro de la salvación. Lo luterano derivaba hacia el materialismo y hacía el olvido de lo espiritual. Aquí, en Salamanca, y en el mundo católico en general, se creía en la libertad del hombre, en sus acciones, en sus obras, rectas y debidamente trabajadas, para el acceso a los cielos. La vida como camino de perfeccionamiento.

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