El hombre de Denísova

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Hace menos de 10 años, en una cueva de Siberia, en los montes Altai, en la actual Rusia, y no lejos de la frontera de Mongolia, en una cueva en medio de aquellas inmensas planicies de centenares de kilómetros de extensión, se encontró el dedo más antiguo del mundo. Medio meñique, para ser exactos. Los arqueólogos llamaron a los científicos que entendían de ADN y analizaron el medio dedo.

Los arqueólogos encontraron después, en la misma cueva, un par de muelas. Volvieron a llamar a los científicos. Y analizadas todas las muestras, el ADN mitocondrial habló: los restos pertenecían a una especie distinta del hombre moderno (el homo sapiens). Pero no pertenecían tampoco al hombre de Neardenthal. Ni Sapiens ni Neardenthales. ¿De qué especie de hombre, pues, se trataba esa, poseedora de una muela que a primera vista uno de los arqueólogos creyó que era la de un oso? El ADN mitocondrial dejaba la puerta abierta al mito… o a la hipótesis, que podía ser la siguiente:

Hace medio millón de años, en ese anteayer tan lejano, de África salieron unos homínidos que, a su vez, con el correr de los milenios, se dividieron en dos especies distintas, con materiales genéticos divergentes. Divergieron también sus caminos: el hombre de Neardenthal se instaló en Europa, principalmente, y el hombre de Denísova (como así lo llamaron) recorrió las largas planicies de Asia. Posteriormente, los neardenthales viajaron también a Asia. Y allí hubo algo de hibridación, es decir, mestizaje, es decir, guerra entre especies distintas de homínidos y violaciones de hembras perdedoras. Poco a poco, el hombre de Denísova fue viajando hacia los climas cálidos del sur de Asia, adaptándose a los sucesivos cambios climáticos, y se refugió, digamos, en las islas Filipinas, Nueva Guinea Papúa, Australia, las islas del Pacífico. Las poblaciones aborígenes de estas regiones, los melanesios, tienen un 5% del material genético perteneciente al hombre de Denísova. Las poblaciones europeas, en cambio, se dice que poseen en torno al 2% del material genético del hombre de Neardenthal.

Pero ambos primitivismos fueron borrados del mapa como especies exclusivas, con entidad propia. Hace 150.000 o 200.000 años, también en África, surgió el Homo Sapiens, el hombre moderno. Hace 50.000 años este hombre moderno, descubridor, conquistador y colonizador había descubierto, conquistado y colonizado Europa. Su mayor y mejor cerebro, capaz del pensamiento asociativo, del desarrollo de ciertas formas de lenguaje, poseedor de una mayor capacidad de relación social y colaboración entre miembros de su especie… Eran capaces de transportar la comida, de conservarla… Esta mayor capacidad técnica o tecnológica (pues, ¿qué es la tecnología si no el descubrimiento progresivo de las leyes de la naturaleza y su aplicación a la economía, es decir, a la mejora de la vida del hombre?), esa mayor capacidad técnica, diré, permitió el crecimiento poblacional de la especie. En las áreas de suroeste de la actual Francia, por ejemplo, se cree que los Homo Sapiens llegaron a ser 10 veces más numerosos que los neardenthales, quienes, claro, como eran menos y menos inteligentes, acabaron por extinguirse. Se estima que hace 30.000 años de esta extinción. No es tanto tiempo.

De los Neardenthales sólo se conserva algo de su rastro genético, pues parece que también hubo hibridación, es decir, mestizaje, es decir, violación de hembras perdedoras. De acuerdo, pudo haber también algo de amor entre especies, en algunos casos, no solamente violaciones.

Y los Homo Sapiens, con el poderoso cerebro que guiaba sus pasos, se extendieron por toda la Tierra. Creced y multiplicaos, etc.

En la olvidada cueva de Denísova, por cierto, en estratos diferentes, se han encontrado no sólo restos del hombre de Denísova, sino también de Neardenthales y de homo Sapiens. Es decir, es como si en esas cuevas o templos paleolíticos, tan escasos y dispersos en una Tierra prácticamente despoblada por entonces, todas las especies, en épocas diferentes, se hubieran dado cita. Era difícil encontrar esas grandes cuevas, pero las encontraban. Y fueron el refugio de estos homínidos durante siglos y milenios, supervivientes en la oscuridad de la noche de los tiempos. Murieron individualmente, sí, pero pasaron su material genético de generación en generación. Hasta nosotros. Gracias, muchachos.

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