Caperucito blanco y los diez enanitos

Las veinte horas. La tarde de verano va cayendo. Un parque se llena de población juvenil para contemplar la última luz del día y para ver un partido de fútbol. Un campo pintado de cemento azul. El horizonte esférico de un balón rodando por el suelo de ese mar duro y urbano.

Cuatro leones en cada campo, sin contar a los guardianes de las respectivas porterías. Un león es africano, como se apodó a alguno de los hermanos escipiones, allá en la Roma antigua. El león africano y negro corre que se las pela. Evoluciona sobre la pista sin camiseta. (Parece que se trata de ir sin camiseta.) De evolucionar no sé si se trata; es todo bastante primitivo. Violencia, fuerza, velocidad. No. No se tratar de evolucionar más allá del instinto. No hay tiempo para el pensamiento. La pelota va y viene vertiginosa.

Junto al león africano hay dos o tres excepciones. Dos o tres jugadores que sí llevan camiseta. Amarilla, azul, roja. Tres camisetas chillonas para tres jugadores de voz en grito. Los tres son amerindios, del Perú o Ecuador, por ahí andará la cosa. Los amerindios imponen su voluntad en el campo y su música fuera de él. Son unos dictadores musicales. El reaggeton ambienta ese mar Atlántico, ese cemento azul y superficial sobre el que rueda el balón. Ese mar Atlántico que no se sabe si une o separa los continentes. Eso ya se ha dicho muchas veces. Qué importa una vez más.

Luego hay un oriundo de la tierra (alabado sea el Señor). Un gitano que me suena de vista. Lo conozco desde hace más de diez años. Ahora es diez veces más ancho de lo que era. Antes iba con su bici y sus ocho años. Lo recuerdo de cuando iba al parque con Laura. Luego he visto al muchacho varias veces por el barrio. Una vez al año, como para dejar constancia de algo. El gitano tiene una mujer y un hijo, que miran desde más allá de la alambrada (o casi) que separa el campo del resto del parque. Miran cómo a su esposo o padre se le escapa la zapatilla cada vez que golpea el balón. En uno de esos lanzamientos mete la zapatilla y el balón dentro de la portería. Gol.

Y luego está el equipo contrario, en el que hay tres o cuatro leoncitos amerindios y un jugador continental de dos metros. El gigante es el segundo español, aparte del gitano. El gigante parece lento, pero con 18 años no se puede ser lento. Golpea bien el balón. Dirige a su equipo de enanos. Hay una velocidad extraña en sus movimientos. Su equipo es más joven; no se cansan nunca, no paran de moverse por todo el campo. Tejen una tela de araña sobre los multicolores y el africano. Los enanitos y caperucito blanco me parece que van a ganar.

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