The Wire

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Derrengado por los trabajos y las semanas, las norias, los vaivenes y las rutinas, me hundo en el sofá dispuesto a improvisar algunas evasiones de la realidad. Con el mando a distancia la realidad quedará lejos, me imagino. Una serie de televisión de capítulos infinitos será la tierra prometida durante unas horas. Una tierra prometida con fecha de caducidad, pero bueno. El pendrive se hunde como un cuchillo en la mantequilla del televisor. Se inician los fotogramas sucesivos que llegan a lo largo del tubo de electrones, o como sea la cosa que nos reproduce las imágenes, las palabras y las reverberaciones de pensamientos ajenos. Unas imágenes de violencia y trascendencia, según va pareciendo. La vida misma, a lo mejor.

La serie se llama The Wire (el micrófono) y se desarrolla en Baltimore, en los años actuales. La serie quiere ser un reflejo, y lo es, de la vida en el guetto, esos arrabales interiores del imperio USA. Un imperio romano de la era moderna que ha dado un paso más allá del mare nostrum y se ha hundido en el piélago pixelado que inunda como un tsunami unos ojos; los míos, ahora. Baltimore, esa vieja ciudad nombrada en viejísimas películas épicas, de conquista del Oeste. Un Baltimore que era símbolo de refinamiento y civilización, en esas películas, y que ahora, en ésta, y me temo que en la realidad también, es una ciudad con la barbarie y el guetto, valga la redundancia, incrustada en su seno maduro. No sé si la épica acompañará a esa barbarie, o a quien lucha contra esa barbarie, aunque no lo creo. En Baltimore el tráfico de drogas es ley, o al menos costumbre. El comercio de sustancias estupefacientes, como quedaría mejor decirlo, no siempre consigue la creación de paraísos artificiales. Los departamentos de policía se ven impotentes de corrupciones. Aparecen los bloques de edificios del color del plomo; y no sólo del color. Aparecen los solares, los descampados antibucólicos en el centro de la urbe. Y aparece un sofá destripado en el centro mismo de uno de esos solares. Un solar regado por un sol inaudito, inexplicable. Tiento mi sofá, no sé si inexplicable, pero sí ausente de ese sol. Espero no encontrarme esa realidad virtual al otro lado de la puerta. Ni al otro lado ni en éste. Espero que la evasión de la realidad no sido un amago de huida. Saco el cuchillo de la mantequilla y el televisor se desangra.

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