El ojo de la democracia

Para que la democracia funcione como tal, en la que las decisiones sobre lo público (o los bienes y servicios que se tienen y gestionan en común) las tome efectivamente el conjunto de la población, para que la democracia funcione como tal, decimos, y no como una oligarquía, ha de constituirse sobre un grupo reducido de población. En estas entidades reducidas todos los sujetos políticos se conocen entre sí y se controlan, no es necesaria la constitución de comités ni se requiere de amplia burocracia para su ejecución. Prima la ley, escasa y sencilla, sobre el reglamento, abundante y escrito en lenguaje farragoso que lo aleja, quizás intencionadamente, del entendimiento del hombre común. Aquí podría destacarse el lenguaje y sus distintas jergas, técnicas o no, como elemento importante para la constitución de subgrupos humanos diferenciados, como barrera de entrada a los mismos. En una democracia pequeña todos conocen y deciden sobre lo de todos. Y lo de todos, o bien público, se convierte o equivale al cabo, pura y simplemente, a la mera gestión de una empresa de propiedad colectiva.

La democracia moderna, en cambio, tiene dos características que la alejan y diferencian de este ideal. En primer lugar, su tamaño. Los sujetos políticos no son dos docenas de personas sino decenas de millones de personas. Aquí el conocimiento de los ciudadanos entre sí es imposible, la creación de múltiples comités y subcomités para esa gestión elefantiásica de los numerosos asuntos parece hasta necesaria y conveniente, y así el crecimiento de la burocracia, con sus técnicos diversos y su jerga ininteligible. Tenemos, pues, una democracia en la que gobiernan los que se sitúan en los comités y los que sitúan a los que se sitúan en los comités. Tenemos una oligarquía. Y la deriva de la democracia a la oligarquía no ha sido algo aleatorio o circunstancial, reversible en su caso, sino que ha sido la consecuencia natural del aumento inusitado del número de sujetos políticos. Los asuntos son muchos, su complejidad creciente, imposible que todos los sujetos políticos conozcan todo, para así decidir con criterio propio sobre todo ello. Los comités y sus oligarcas terminan decidiendo por ellos.
Y la otra característica de la democracia moderna, aparte de su tamaño, que la aleja del ideal mencionado más arriba, es que ha ampliado su carácter o concepto: la democracia ya no consiste tan solo en la mera gestión de los bienes y servicios a los que se les confiere el carácter de públicos (siendo estos cada vez mayores), la democracia es ahora un ingenioso sistema cruzado de transferencias de rentas de unos individuos a otros, de unos grupos de individuos a otros, de unos sectores económicos a otros, de unas regiones a otras. Con los conflictos y rencillas, con el ruido democrático que esto genera. (Con ese ruido se llenan los noticiarios y se nos aturde.) Y las transferencias crecientes y continuas de rentas (que no son de carácter explícito y voluntario, de individuo a individuo), estas transferencias son, también, una consecuencia lógica, y no aleatoria ni circunstancial, del número mayor de sujetos políticos existentes, de tener una “democracia más grande”. Los subgrupos humanos se han organizado ahora como grupos de presión para influir sobre los comités y crear transferencias de rentas hacia sí (a través de modificaciones en leyes y reglamentos que les beneficien). Tenemos una democracia de transferencias de rentas, una socialdemocracia.
Y aquí es donde el tamaño ha resultado aún más decisivo, si cabe, para su implantación, pues las transferencias de rentas en un grupo pequeño en el que todos sus miembros se conocieran quedarían evidenciadas como abuso de unos individuos (bien concretos) sobre otros (también bien concretos). El abuso evidente no sería sostenible durante mucho tiempo. En un grupo grande, en cambio, la ceguera hace sostenible el sistema. El ojo de la democracia, convenientemente ciego, es su mejor aliado.

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Inmigración y anarquía

Se dice que la libertad de mercado habría de implicar igualmente la libertad de circulación de personas, es decir, la libre inmigración. Dado que en las últimas décadas se ha producido una importante inmigración en los países europeos y en Norteamérica, así como una creciente globalización comercial a nivel mundial, parece que ambas tendencias, libertad de comercio de mercancías y libertad de movimiento de personas, habrían de ir necesariamente de la mano. Pero esto no es necesariamente así. Es más, puede argüirse desde una óptica de la libertad que ambas tendencias pueden basarse en supuestos contradictorios, al menos tal y como se han producido en las últimas décadas. No es que haya habido simplemente libertad de inmigración, sino que ha habido subvención a la inmigración, es decir, no ha habido libertad de mercado en ese ámbito, sino intervencionismo estatal. En primer lugar, porque los empresarios que contratan a inmigrantes no se hacen cargo de sus costes sanitarios y educativos (de los que disfrutan al menos en Europa), sino que cargan al resto de la sociedad con este coste. Por otro lado, los inmigrantes, junto al sueldo que reciben y a estos beneficios educativos y sanitarios, se ahorran el pago por el uso de las infraestructuras acumuladas en el país durante las últimas décadas. No asumen la parte alícuota que les correspondería del capital social acumulado.

Si consideramos a un país como un club en el que todos los socios pagan su parte o su cuota, los inmigrantes que llegan disfrutan de las infraestructuras acumuladas que han sido financiadas con impuestos de los nacionales. De este modo, si tuviéramos en cuenta las inversiones públicas en carreteras, hospitales, etc., y si considerásemos al menos un período de amortización de estas infraestructuras de treinta años; y sumásemos los costes anuales de mantenimiento; y todo ello lo dividiéramos entre el número de habitantes mayores de edad de un país, obtendríamos el canon de entrada que los recién llegados, en un entorno de libertad y no de coacción impositiva sobre el resto de los nacionales, quizás habrían de pagar y no pagan.

Quienes estuvieran a favor de la inmigración podrían, lógicamente, abonar a los inmigrantes las respectivas cuotas de entrada y permanencia en el país, así como sus costes anuales en sanidad y educación.

Defensa y anarquía

Se dice que las sociedades que no son capaces de defenderse, perecen. Las sociedades antiguas se defendían de forma colectiva cuando se daba el caso. Todos tomaban las armas. En las sociedades más modernas, especializadas en el intercambio, donde la división del trabajo ha avanzado más, se da el caso de los defensores profesionales, los guerreros, el ejército. Ocurre a veces, en una determinada jurisdicción (reino, nación o estado) que esos guerreros, que son profesionales de la defensa en su propia jurisdicción, se convierten en profesionales del ataque en la jurisdicción ajena, esto es, se da el caso de la guerra. ¿Y cómo nos defendemos de la guerra, que pretende el pillaje, el robo, la violación o la destrucción? ¿Nos defendemos con la misma guerra o con el “comercio”? Se dice: únete al enemigo que no puedas vencer. ¿Es acaso mala defensa la política de comprar al enemigo, “manu pecuniari”? ¿O es acaso la mejor defensa, la menos costosa en vidas y dineros? De esta forma ponemos a los guerreros que nos agreden a nuestro servicio, es decir, les pagamos a partir de ahora por defendernos. Les damos una parte menor del botín que esperaban. Menor porque ellos no asumen el riesgo y parte del coste del combate.

Hay quien diría que esto es ceder al chantaje, que es pagar tributo por que no te ofendan o roben o violen o maten. A esto pueden decirse dos cosas. En primer lugar, que siempre hay que pagar un precio por un servicio (en este caso por el servicio de defensa, o por la reversión de la ofensa en defensa). Nadie trabaja gratis, salvo los esclavos y los contribuyentes. Y, en segundo lugar, que siempre habrá competencia en el mercado de guerreros, siempre habrá otros guerreros potenciales que puedan suplir el puesto de estos que pretendemos comprar en primera instancia, haciendo de esta forma, mediante la competencia de guerreros en el mercado de defensa, que el precio que pagamos no sea excesivamente caro (que no haya chantaje, podemos cambiar de guerreros) y, en todo caso, menor al precio en vidas y dineros que una guerra supondría.

Mesopotamian blues

Noé prepara el arca junto a la orilla de algún río de Babilonia. Gilgamesh bostezó ayer, según se dice; y cuando un gigante se aburre, y el bostezo es el instante supremo del aburrimiento, cuando un gigante se aburre mata moscas con el rabo como un vulgar demonio, como uno de esos miles de demonios con los que Lilith se acopló en la orilla de algún desierto, cuando inició su camino de perdición, o cuando ya lo tenía bastante adelantado.

Noé construye porque Gilgamesh bosteza (y hay peligro en ese bostezo). Noé tiene visión de futuro. Lilith, mientras tanto, hace como que procrea, llenándose la espalda de arena y no de alacranes, como de milagro. Tres instantes en el largo verano mesopotámico. Noé en su instante laborioso, que es el que permanece y rinde frutos en los instantes siguientes del porvenir. El bostezo de Gilgamesh y el acoplamiento de Lilith…

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La autoestopista

Dos coches circulan por dos caminos paralelos. Entre los dos caminos, una chica hace autostop. Espera que alguien le lleve a su destino de vacaciones en el mar. Está cansada de llevar la mochila y hace demasiado calor en el mes de agosto, así que alarga el dedo a ver si hay suerte. Milagrosamente (o no), dos coches se detienen y le ofrecen continuar su viaje en el asiento del copiloto.

La autoestopista, antes de tomar una decisión, se lo piensa. Pero rápido.

Al margen de los motivos estéticos, como son el aspecto de los conductores o la robustez de sus vehículos; al margen, también, de la confianza que le induzca cada uno de ellos, la chica piensa en otros motivos. Suponemos, por tanto, igualdad de estética, robustez y confianza. Éste sería el cuadro mental de la chica:

Por un lado, tenemos que uno de los coches va por una carretera estatal. El firme de la vía es peor, ciertamente, hay más baches, más curvas…, pero es “gratis”. La otra carretera, sin embargo, tiene un mejor trazado: el viaje es más rápido y cómodo. La única pega es que no es gratis. Tendrá que compartir con el conductor una parte del peaje de la autopista.

Hasta aquí, la decisión de la chica autoestopista dependerá del dinero que lleve encima y de la disposición o no a afrontar un viaje más o menos cómodo. Un viaje en clase A o en clase B. Pero si la clase B posee una calidad aceptable y encima es “gratis”, pues adelante, coche B, ábreme la puerta que allá voy. El conductor del coche A se queda con dos palmos de narices, tendrá que afrontar solo el peaje de la autopista.

El conductor A saca el ticket y piensa en cuáles pudieron ser las razones por las que la chica no subió a su coche. Al margen de los motivos estéticos y de confianza, sin duda fue determinante que la chica fuera joven y extranjera. Probablemente eso la indujo a tomar la anterior decisión. Si no hubiera sido extranjera, hubiera tenido en cuenta que la carretera estatal no era gratis, sino que había sido financiada con el dinero de sus impuestos. Ciertamente, lo público y lo privado no parten en igualdad de condiciones. No existe una desgravación fiscal por el uso de lo privado, que evite, de esta forma, que se tenga que pagar dos veces por su uso, la primera vez en forma de impuestos, la segunda, en forma de peaje. No existe tampoco la posibilidad de que los impuestos sean voluntarios: carretera A o carretera B, impuestos o peaje.

Y luego está el asunto de la juventud de la chica. El ser joven implica una perspectiva distinta de la vida. Aún no se ha llegado al cambio de rasante del camino vital; no se avista el más allá, las vacaciones no ya en el mar sino en el cielo. Si no hubiera sido joven tal vez hubiera tenido en cuenta que los accidentes de carretera no se deben sólo a la mayor o menor velocidad con la que los vehículos circulan, como dice en la televisión el director de los asunto del tráfico, sino a que la carretera sea pública o privada. Así de simple. Si la carretera es pública estará hecha de aquélla manera. Si es privada, la vía será más amplia y estará mejor trazada, el viaje será más rápido y cómodo para que el potencial cliente visualice las ventajas que su uso le supondrá y esté dispuesto a pagar un precio por ello. Entre estas ventajas está la menor probabilidad de accidentes: Sólo el 7% de los accidentes se producen en las autopistas. Por otro lado, en las autovías públicas es donde se sitúan el 34% de los puntos negros (tres o más accidentes mortales en un mismo año), mientras que en las autopistas sólo se sitúan el 0,4% de los puntos negros. Lógicamente. ¿Cómo podría una empresa privada soportar la publicidad negativa de tener sumideros mortales en su recorrido? Imposible. El asunto sería incluso denunciable. En cambio, si esta situación se produce en las vías públicas, la cosa parece perfectamente asumible por la población.

Pero en nuestro caso parece que la chica era joven e inconsciente. Ella verá con quién se monta.

Caperucito blanco y los diez enanitos

Las veinte horas. La tarde de verano va cayendo. Un parque se llena de población juvenil para contemplar la última luz del día y para ver un partido de fútbol. Un campo pintado de cemento azul. El horizonte esférico de un balón rodando por el suelo de ese mar duro y urbano.

Cuatro leones en cada campo, sin contar a los guardianes de las respectivas porterías. Un león es africano, como se apodó a alguno de los hermanos escipiones, allá en la Roma antigua. El león africano y negro corre que se las pela. Evoluciona sobre la pista sin camiseta. (Parece que se trata de ir sin camiseta.) De evolucionar no sé si se trata; es todo bastante primitivo. Violencia, fuerza, velocidad. No. No se tratar de evolucionar más allá del instinto. No hay tiempo para el pensamiento. La pelota va y viene vertiginosa.

Junto al león africano hay dos o tres excepciones. Dos o tres jugadores que sí llevan camiseta. Amarilla, azul, roja. Tres camisetas chillonas para tres jugadores de voz en grito. Los tres son amerindios, del Perú o Ecuador, por ahí andará la cosa. Los amerindios imponen su voluntad en el campo y su música fuera de él. Son unos dictadores musicales. El reaggeton ambienta ese mar Atlántico, ese cemento azul y superficial sobre el que rueda el balón. Ese mar Atlántico que no se sabe si une o separa los continentes. Eso ya se ha dicho muchas veces. Qué importa una vez más.

Luego hay un oriundo de la tierra (alabado sea el Señor). Un gitano que me suena de vista. Lo conozco desde hace más de diez años. Ahora es diez veces más ancho de lo que era. Antes iba con su bici y sus ocho años. Lo recuerdo de cuando iba al parque con Laura. Luego he visto al muchacho varias veces por el barrio. Una vez al año, como para dejar constancia de algo. El gitano tiene una mujer y un hijo, que miran desde más allá de la alambrada (o casi) que separa el campo del resto del parque. Miran cómo a su esposo o padre se le escapa la zapatilla cada vez que golpea el balón. En uno de esos lanzamientos mete la zapatilla y el balón dentro de la portería. Gol.

Y luego está el equipo contrario, en el que hay tres o cuatro leoncitos amerindios y un jugador continental de dos metros. El gigante es el segundo español, aparte del gitano. El gigante parece lento, pero con 18 años no se puede ser lento. Golpea bien el balón. Dirige a su equipo de enanos. Hay una velocidad extraña en sus movimientos. Su equipo es más joven; no se cansan nunca, no paran de moverse por todo el campo. Tejen una tela de araña sobre los multicolores y el africano. Los enanitos y caperucito blanco me parece que van a ganar.

Mesopotamian blues

Noé prepara el arca junto a la orilla de algún río de Babilonia. Gilgamesh bostezó ayer, según se dice; y cuando un gigante se aburre, y el bostezo es el instante supremo del aburrimiento, cuando un gigante se aburre mata moscas con el rabo como un vulgar demonio, como uno de esos miles de demonios con los que Lilith se acopló en la orilla de algún desierto, cuando inició su camino de perdición, o cuando ya lo tenía bastante adelantado.

Noé construye porque Gilgamesh bosteza (y hay peligro en ese bostezo). Noé tiene visión de futuro. Lilith, mientras tanto, hace como que procrea, llenándose la espalda de arena y no de alacranes, como de milagro. Tres instantes en el largo verano mesopotámico. Noé en su instante laborioso, que es el que permanece y rinde frutos en los instantes siguientes del porvenir. El bostezo de Gilgamesh y el acoplamiento de Lilith son como más cortoplacistas, sin embargo. Pero tiene que haber gente para todo, Noé, dale un martillazo más a tu obra de posteridad o salvación.

En Acad construyen zigurats para combatir el tedio del verano. Y aunque levantar esos templos, con esos escalones sobre todo, es asunto plurianual y no es cosa de un verano ni de dos, sirve para matar el tedio de la historia que fluye como la corriente inmóvil del Éufrates, que es más lento que el Tigris, siempre lo ha sido. Un mar de cereales entre las ciudades-Estado, Acad entre ellas, así es como empezó el neolítico y la civilización. Luego algo de cerámica para guardar el producto, y un poco de pintura para que la cerámica haga bonito. Ya no son sólo bisontes en Altamira, hijos incoloros de Lilith, que siempre estáis a lo vuestro y no hacéis el caso debido a lo inscrito ni a lo pintado en la vasija, sólo pensáis en comer el grano que lo llena.

Es la pintura y el arte, hijos putativos de Lilith, picapedreros del arte antiguo, yihadi-boys de los barrios menos sublimes de Londres o Amberes que hacéis realidad lo que alguien dijo o dirá en un despacho acristalado de Tel-Aviv: hay que devolver a la región a la edad de piedra. Vosotros ponéis la piqueta donde alguien os señaló con el billete verde. Gilgamesh bosteza tras el despacho acristalado.