Por qué nunca irás de vacaciones a un paraíso fiscal

Cuando te dijeron que existen esas cosas llamadas paraísos fiscales se te erizaron los cabellos socialdemócratas, saltó en tu cerebro ese chip que parece una patata frita y que dice “qué hay de lo mío”, “donde están los impuestos que gravan todo eso”, “¡una parte de eso es mía!”. Pero resulta que no es tuyo. Que los dineros y yates que hay en los paraísos fiscales no son tuyos. Lo siento. Tú no has hecho nada para conseguirlo.

Pero cuando te dijeron que ese otro paraíso que algunos llaman Cancún era lo más, allá que te fuiste en busca de exotismo al por mayor, de pirámides y mar Caribe, de algo que contar a la vuelta. Esa ventana de días y vacaciones que te concedieron los jefes había que consumirla lo más lejos posible. Y de lejos las cosas parecen mejores, ya se sabe. Así que Cancún.

Sin haber estado nunca en Cancún, es decir, hablando de lo desconocido, no me importa, sin embargo, su existencia. ¿Por qué te resultan molestos a ti los paraísos fiscales? En el consejo de administración de tu cerebro, entre tus asesores mentales se asienta la envidia, que es mala consejera. Y la envidia activa la patata frita (o el chip) que activa, a su vez, el vello o los cabellos socialdemócratas, a elegir. Ése es el recorrido mental del rencor. Y el rencor no es nada sano. Se necesitan muchas flexiones, abdominales o sentadillas (a elegir también) para eliminar las toxinas del rencor que circulan por la corriente sanguínea y roja. Apuesto a que tú eliges las sentadillas, entendiéndolas mal.

Y es que desde la inacción del sofá en el que estás y estamos poco puede hacerse. Poco salvo criticar. Criticar sí puede hacerse. Y lo haces y hacemos. Todos caemos en esa tentación. Y sobre un sofá se cae mejor.

Pero, ¿qué hay de ese levantarse y hacer? ¿Empezamos?

John McAffee: El virus era el Estado

Los impuestos se pagan soltando el billetaje, o soltando en la cárcel al que no paga el billetaje. Así McAfee, que huyó del fisco USA, pero el fisco resulta que tiene el brazo demasiado largo, amigo John, y atraviesa tierra, mar y aire para capturar al que no le rinde tributo. La maquinaria del Estado sin fronteras. La Hacienda global desplegada para capturar al luchador antivirus, que tenía su vida con sus cosas, quién no tiene su vida con sus cosas, pero que había conseguido sus dineros por el intercambio voluntario de monedas por antivirus. Tome un antivirus, señor; toma mis monedas, John. Así de sencillo, el mercado. Pero el Estado siempre quiere su parte.

McAfee, antes de verse entre rejas, había ganado su fortuna y la había perdido casi toda; se había comprado un yate y viajaba por el Caribe con algunas armas, naturalmente, pues el Caribe siempre ha sido mar de piratas; entró en aguas de Guatemala y allí le dijeron que las armas se dejan fuera, que las armas en ese país son todas del gobierno, faltaría más. John venía de Belice, donde le habían acusado de matar a su vecino. Pero John acusaba a las bandas de narcotraficantes del país de matar al vecino. Y a los políticos locales de extorsionarle para que pagara sus campañas. Así que se fue en el yate. Su vida con sus cosas.

Y ahora los periódicos dirán de ti de todo, amigo John, de tu vida disoluta, de drogas y prostituciones. Fíjate, los periódicos hablando de prostituciones. El Estado exige su numisma (su moneda, como decían en Roma). He aquí la cuestión. De eso se trataba. Con tus huesos en la cárcel.

Y nosotros, creyendo que oponerse al robo era un deber moral. Pero se conoce que no es así, si el que roba es el Estado. Qué equivocados estábamos. Si el que roba es el Estado se conoce que no hay que oponerse a ser robado. Se conoce que… Me gusta esa expresión. Suena antigua en este atardecer de junio, tan escaso de días y de billetaje.

Serigne Mbayé, lo que pudo haber sido y no fue

Serigne Mbayé empezó muy bien en las playas de Senegal. Como hombre tradicional que era, siguió el oficio de su padre y de su abuelo y se hizo pescador. No sabemos si de altura o de bajura, pero el caso es que pescaba meros, merluzas, doradas y, pescando, pescando, llegó a tener embarcación propia. Y el emprendimiento en los mares africanos no es poco emprendimiento. Así que Serigne Mbayé era un pequeño empresario en las playas de Senegal, pues era dueño de su propio medio de producción, y así podemos definir al empresario.

Pero la vida es dura para los pequeños empresarios, autónomos, autoempleados, o como se les quiera decir. Los grandes buques de pesca, esas factorías flotantes, se dice que cogen mucho pescado en ese dominio público que son los mares, sin propiedad privada de las aguas, sin leyes de mercado, sin nada de todo eso. El caso es que el pequeño empresario tuvo que cambiar de negocio. Seguía bien Serigné Mbayé. Ante la competencia, emprendía de nuevo. En este caso, emprendía un cambio de aires.

Y como lo suyo era el mar, pues al mar que se tiró. Quizás cogió un billete, o lo que quiera que vendan para embarcarse en una patera, y se fue hasta las costas de las islas Canarias, que quedan más lejos de lo que parece, pues el Atlántico sigue siendo el Atlántico.

En la península trabajó de mantero y en algún otro oficio de oficina, pero el emprendimiento aún le llamaba, y con un cuñado suyo fundó un restaurante. Algo vegano, que estaba de moda. Ya tenemos a Serigne Mbayé al frente de una empresa familiar.

Pero el empresario se fue torciendo tras varios años en la península. No sé sabe bien qué le pasó, ni cuál fue el punto de inflexión. Serigne Mbayé había sido un hombre tradicional, siguiendo el oficio de sus antepasados, había sido un pequeño empresario en su tierra y luego en la nuestra, creía en la familia, en la empresa, en la empresa familiar, pero poco a poco fue descubriendo el intrígulis de Europa, ese lugar nuestro en el que lo que priva es crecer a la sombra de la política, ahí está el buen beneficio, el fácil. La política es el fruto que cuelga de la rama de la economía, el fruto que sostienen y hacen crecer los empresarios, autónomos, autoempleados, el sistema privado que sustenta lo público.

Y Serigne Mbayé se agarró a esa rama, la de la política, más cómoda que la rama de la empresa, y se apuntó a un sindicato (el Sindicato de Manteros) y luego a un partido político (el partido de Podemos). Y ahí está Serigne, a la sombra de las palmeras presupuestarias, en las playas de la Asamblea de Madrid.

Dioses y business

Llegaban los fenicios a las costas de Iberia. Fundaban un santuario a Melkhart, a Baal, a su esposa Astarté, o a quien fuera. Pedían que sus dioses les fueran propicios en sus viajes y en sus negocios, pues todo era uno. Y luego comerciaban con los indígenas. Buscaban los metales. El oro y, sobre todo, la plata de Tartessos (de lo que iba siendo Tartessos). Al principio buscaban también el estaño, del que el mar Mediterráneo era deficitario. A cambio de los metales ofrecían ánforas y orfebrería (metales trabajados con arte y técnica).

En los intercambios iba llegando el alfabeto, registrado en documentos comerciales. En los intercambios saltaban las gallinas de los barcos fenicios, el olivo, la vid, más técnicas nuevas  (para construir embarcaciones mejores o extraer más productivamente los metales).
Y los intercambios se producían en los templos o santuarios, que aportaban algo así como la seguridad jurídica, el juramento o garantía de que no se produciría engaño, cada cual juraba a su dios y se atenía a las consecuencias. Los dioses eran los garantes de los intercambios de los hombres.
Era costumbre semita la que Jesús quiso abolir echando a los cambistas del templo, con el mensaje de que no podía servirse a dos amos, a Dios y al dinero.

Dioses y business

Dioses y business

Llegaban los fenicios a las costas de Iberia. Fundaban un santuario a Melkhart, a Baal, a su esposa Astarté, o a quien fuera. Pedían que sus dioses les fueran propicios en sus viajes y en sus negocios, pues todo era uno. Y luego comerciaban con los indígenas. Buscaban los metales. El oro y, sobre todo, la plata de Tartessos (de lo que iba siendo Tartessos). Al principio buscaban también el estaño, del que el mar Mediterráneo era deficitario. A cambio de los metales ofrecían ánforas y orfebrería (metales trabajados con arte y técnica).
En los intercambios iba llegando el alfabeto, registrado en documentos comerciales. En los intercambios saltaban las gallinas de los barcos fenicios, el olivo, la vid, más técnicas nuevas  (para construir embarcaciones mejores o extraer más productivamente los metales).
Y los intercambios se producían en los templos o santuarios, que aportaban algo así como la seguridad jurídica, el juramento o garantía de que no se produciría engaño, cada cual juraba a su dios y se atenía a las consecuencias. Los dioses eran los garantes de los intercambios de los hombres.
Era costumbre semita la que Jesús quiso abolir echando a los cambistas del templo, con el mensaje de que no podía servirse a dos amos, a Dios y al dinero.

Convivir con el misterio

Nuestro entendimiento alcanza lo que alcanza. Podemos desarrollarlo, podemos leer o escuchar lo alcanzado por otros, pero siempre habrá algo más allá. La incertidumbre, el no saber (por mucho que queramos saber), lo inalcanzable. ¿Cómo convivimos con esta incertidumbre? ¿Sabemos sobrellevarla? ¿La tratamos con alegría?, pues siempre es bueno (o, al menos, no necesariamente malo), siempre es bueno saber que hay lo desconocido detrás del horizonte. El deleite de la exploración, el disfrute del camino. Y lo más desconocido todavía más allá, al final del camino… y todavía más allá. Siempre más allá, lo que nos mantiene en esto que llamamos el vivir.

¿Cómo convivimos con el misterio? Se me ocurren tres maneras. Negándolo (incredulidad, ateísmo), averiguándolo o tratando de averiguarlo (cientificismo) o deleitándose en él (misticismo).

La primera de ellas, la negación del misterio. Como no alcanzo a entender algo, no hay algo. Como no comprendo todo, no hay todo, me quedo en esta parte. Porque estoy suponiendo, desde la soberbia, que el hombre todo lo alcanza, y si no lo alcanza es porque no hay lo inalcanzable. Negamos la incertidumbre, el misterio, la posibilidad del no saber. Nos quedamos dentro de nuestro círculo, en nuestro terreno. Y que no nos muevan, por si caemos en un terreno nuevo al que habría de hacerse… Uf, qué pereza o qué miedo, ese acostumbramiento. La negación guiada por el miedo.

La segunda actitud ante el misterio o el no saber, sería el cientificismo. Aquí estamos, es lo que hay, ahora toca sobrevivir. Conozcamos el entorno para desarrollar los medios de supervivencia (las técnicas): comer y no ser comidos. La economía y la defensa. El hacha de piedra y todas las ingenierías que vendrán luego. El arco y la flecha, la trayectoria del proyectil, lo nuclear. Un poco todo eso. Las técnicas que van haciendo las ciencias. Conocemos y exploramos. La actitud científica, positiva. Pero, ay, es que hay cosas que no sabemos ni sabremos… ¿Es acaso posible conocer el mundo desde dentro del mundo?

Y la tercera de las actitudes sería la mística. El  ‘quedeme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo’, que decía San Juan de la Cruz. El ‘déjate entrar y permanecer en la nube del no-saber’, que decía un texto inglés del siglo XIV. El hombre ya no es soberbio, sabe que la ciencia y el conocimiento de ella derivado le lleva hasta cierto punto. Pero hay lo desconocido y siempre lo habrá. ¿Qué actitud tenemos ante él, cómo convivimos con el misterio o la incertidumbre? Con deleite, sin desesperación. Sin desesperación por no haberlo alcanzado todavía, en este aquí y este ahora, por no haber alcanzado ese estado pleno de felicidad cuya búsqueda parace que nos guía. Del ‘muero porque no muero’, de Santa Teresa, al ‘quedeme y olvideme’, de San Juan de la Cruz. Ante la incertidumbre, calma y buenos alimentos. Abandono y goce pleno.

El principio de la gracia suficiente y eficiente

La escolástica, que quizás fundara Santo Tomás en Italia, o en sus clases en la Universidad de París, allá por el s. XIII, tuvo un desarrollo especialísimo en Salamanca, en el Siglo de Oro español. Varias fueron las polémicas que allí se fueron desarrollando, para afinar en cuestiones de fe mediante el uso de la razón, esas dos armas o fuerzas complementarias y no rivales. Una de estas polémicas, De Auxiliis, fue principalmente sostenida entre Domingo Báñez (dominico) y Luis de Molina (jesuita). (Conviene no confundir a Luis de Molina con Miguel de Molina, que es otra historia). Así, Luis de Molina había escrito La Concordia, una obra en la que intentaba conciliar la providencia divina con el libre albedrío del hombre. De esta forma, el hombre, al nacer, poseía ya la gracia suficiente que, debidamente desarrollada en su camino de perfección en este mundo, sería, a su vez, eficiente para lograr la salvación, es decir, el acceso a los cielos. Este principio de la gracia suficiente y eficiente, esta chispa divina que existe en el hombre y que, convenientemente desarrollada mediante las obras en este mundo, le conduce al paraíso/cielo/salvación, este principio, decimos, que afirma el libre albedrío del hombre, pues con esta gracia puede hacer el bien o bien puede ignorarlo (libre es de ello), con este principio, seguimos diciendo, se establecía una distinción clara frente al determinismo luterano, pues los protestantes se habían inclinado hacia la doctrina de la predestinación: el hombre, caído a causa del pecado original, sólo podía salvarse mediante la fe, las obras no importaban; Dios en última instancia, era quien otorgaba o no otorgaba su Gracia para la salvación del hombre. ¿Y cómo podíamos saber si Dios nos había otorgado su gracia, qué pistas teníamos de nuestra salvación, según la cosa luterana? Pues según nos fuera en este mundo, ése sería el indicio. Si obteníamos riquezas, es que Dios nos estaba favoreciendo. Así que lo luterano se iba concentrando en la obtención de las riquezas y en esa fe solitaria, ausente de obras, para el logro de la salvación. Lo luterano derivaba hacia el materialismo y hacía el olvido de lo espiritual. Aquí, en Salamanca, y en el mundo católico en general, se creía en la libertad del hombre, en sus acciones, en sus obras, rectas y debidamente trabajadas, para el acceso a los cielos. La vida como camino de perfeccionamiento.

El litio del demonio

A lo largo de la historia, el hombre ha perseguido los metales con empecinamiento, pues ¿quién no ha necesitado nunca mejores espadas?

Los fenicios llegaron a Iberia en busca de estaño, por ejemplo, que cambiaban por sus productos. Y luego se buscaron nuevos caminos fuera del Mediterráneo, hacia Inglaterra, en busca de más estaño todavía. De la aleación del estaño con el cobre se obtenía el bronce; para el logro de las mejores espadas, como decimos. Se buscaba con el estaño ese salto tecnológico que diera la ventaja decisiva en las siguientes batallas de la historia.

Y quien dice estaño dice oro y plata, otros metales, distintos y más valiosos, que hacían de monedas y que resultaban cada vez más decisivos en el financiamiento de las guerras, pues había que pagar a los soldados, esa antigua costumbre. Aún no había llegado Napoleón para levantar al pueblo en armas de forma gratuita; las levas masivas y nacionales que se han ido poniendo de moda en las últimas guerras. (Se dice que el Estado moderno se ha inventado para evitar pagar a los soldados.) Pues entre que llegaba y no llegaba esa gratuidad de los soldados, se requería de oro y de plata para pagar las guerras y, a ser posible, ganarlas.

En la revolución industrial estaba el carbón y ahora está el petróleo, que ninguno son metales, pero sirven para reforzar la idea de que siempre se ha ido rascando en el subsuelo.

¿Y que se rascará mañana en el subsuelo? Pues litio, que ya ha empezado a rascarse, de hecho. Litio para la batería del teléfono móvil con el que quizás leas esto. Y litio también, en cantidades muchos mayores, para las baterías de los coches eléctricos que salvarán sigilosamente el planeta, según se dice. ¿Y dónde se encuentra el litio del demonio? Pues no está en Iberia ni en Inglaterra, como estaba el estaño. Tampoco en el País de Gales, como el carbón de la revolución industrial; ni en Oriente Medio, Rusia o Venezuela, como el petróleo de ahora. Las minas de litio se encuentran en muy pocos lugares del mundo. En Australia, en Bolivia y en Chile, básicamente. Es un metal muy escaso y muy concentrado, sobre el que se lanzan con avidez o necesidad los dos principales contendientes de este momento de la historia, los dos imperios, el naciente y el poniente, es decir, China y USA. Una rivalidad que va derribando sus gobiernos por el camino, claro, para afiliarlos a sus intereses. Así en Chile o en Bolivia, recientemente. Y los pueblos, con la ilusión de estar haciendo sus pequeñas revoluciones, pensando que se mueven por altos ideales, se encuentran mirando al cielo. Mejor que mirasen al subsuelo, donde laten las bajas pasiones y el litio.

De gobiernos y horizontes

Los vídeos de Xavier Ríus me han devuelto un cierto interés por la política. Un interés relativo, pero que ahí renace, inexplicable. A veces pasa esto. En uno de sus vídeos, Xavier Ríus comenta una frase de Josep Pla al llegar a Nueva York, al contemplar ese horizonte verticalizado y metálico: “Aixó qui lo paga?”. Esto quién lo paga. Era el interés genuino de Pla en conocer la naturaleza exacta de las cosas. Cómo se sustenta esa verdad estética y grandiosa que tenemos ahí delante.
Porque la estética, como idea, tiene que acabar por construirse con materia si quiere llegar a ser.

Las elecciones son como sueños colectivos: la idea de construir mundos. (O la idea de evitar que otros nos los construyan.) Idealismo cien por cien. O incluso todo a cien. Pero el sustento de ese idealismo, o la materia con que pretenden llegar a ser, se encuentra en nuestros bolsillos. Y hará falta la fuerza de los impuestos para extraerla.

Ante los devaneos electorales se encuentra la consistencia sensata de los mercados. Los mercados son la suma de todos nuestros bolsillos. Y los bolsillos, a su vez, son la suma de antiguos sudores. Los mercados no sustentarán las locuras transitorias y electorales que acabamos de presenciar, resumidas en un gobierno bicéfalo, con dos cerebros o con ninguno. No hay ni siquiera estética. Y, por supuesto, no hay dinero.

Bizancio y la contratación del mejor ejército del mundo

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Roger de Flor, o Roger de Blum, fue un caballero de fortuna del siglo XIII-XIV que quiso seguir los caminos de la mar. Nació en los territorios del sur de la actual Italia, que en aquel entonces estaban en poder de la corona de Aragón. La isla de Sicilia, por ejemplo, estuvo en poder de la Corona de Aragón/España hasta el siglo XVIII (cuatro siglos), más tiempo del que viene perteneciendo a la Italia unificada (dos siglos). En Brindisi nació Roger de Flor, en el tacón de la bota geográfica o militar que bien pronto se calzó. Entró al servicio de un caballero templario, quedó huérfano de padre y madre, y la milicia fue su vida y su familia desde pronto.

Tras el fracaso de la última cruzada, los cristianos de Tierra Santa se encontraban en apuros ante la definitiva expansión musulmana. Fueron solicitados los servicios de los caballeros templarios, entre ellos, el de Roger de Flor. Allí acudieron los caballeros templarios, que también tenían en Oriente Próximo tierras, haciendas y castillos. Acudieron al rescate de los cristianos, los rescataron y los sacaron del creciente avispero de oriente medio, pero no pudieron, sin embargo, conservar ningún enclave ya en la zona. Tras la operación militar, Roger de Flor fue acusado de desplumar en exceso a los cristianos, de quedarse con una parte de sus dineros o riquezas más allá de lo considerado razonable por el pago de sus servicios de seguridad. Así que Roger de Flor fue expulsado de la Orden. Los templarios, como cuerpo de ejército autónomo, fueron solicitados y contratados, digamos, para cumplir un servicio. El servicio se cumplió, el pago se hizo y para salvaguardar su buen nombre entre los actuales y futuros clientes (entre ellos la Iglesia, a la que en cierta forma estaba adscrito) expulsó a uno de sus miembros por haberse excedido en su labor, o por haber cobrado un precio excesivo por la labor realizada.

Éste es un ejemplo histórico de contratación de los servicios de defensa, no al Estado, sino a un cuerpo de ejército privado, o un ejército de mercenarios, si se prefiere, aunque eran mucho más que eso, los templarios, pues había una argamasa religiosa que mantenía al cuerpo unido, más allá del interés pecuniario. Un ejército de monjes/soldados contratados para realizar campañas militares, o Cruzadas, en el Mediterráneo oriental de la época.

Roger de Flor, con el correr del tiempo, entró a formar parte de otro ejército de voluntarios que se iba quedando sin trabajo. Eran los almogávares. Los almogávares fueron originalmente gentes de frontera, en el bajo Pirineo, que fueron realizando la Reconquista, tanto al servicio de la Corona de Castilla como de la de Aragón. La principal tarea de la Reconquista ya estaba hecha en el s. XIV, así que muchos de ellos participaron al servicio de la corona de Aragón en su expansión a lo largo del Mediterráneo, desde la conquista de Mallorca a la de Sicilia y más allá. Pero tanto la Reconquista de la península como la conquista mediterránea se iban consolidando y los almogávares se iban quedando de nuevo sin trabajo, hasta que sus servicios fueron solicitados por el emperador de Bizancio, Andrónico II Paleólogo.

Bizancio estaba siendo una sombra de lo que fue. Confinada prácticamente en la parte europea, conservaba apenas los territorios de la actual Grecia y algo más allá en los Balcanes; apenas nada en la península anatolia, que estaba siendo dominada de un extremo a otro por los otomanos. Andrónico solicitó los servicios de los almogávares para evitar que cayera su capital en poder del turco. Allí acudieron unos cuantos y unos cuantos más se les fueron uniendo por el camino. En total, unos ocho mil soldados de élite, veteranos de cien guerras, con la promesa de salvar un imperio. Y los mercenarios, de nuevo, cumplieron su contrato y compromiso. Dieron la batalla y vencieron. Atravesaron Anatolia de un lado a otro; y guerrearon hasta los confines de Armenia. Lo que hiciera falta. Se les encomendó derrotar al turco y lo derrotaron. Andrónico, en pago de sus servicios, también cumplió. Nombró megaduque a Roger de Flor, concediéndole feudos y territorios en la región de Anatolia, así como la capitanía general de sus ejércitos.

Veamos de nuevo el ejemplo histórico: se contrata un cuerpo de ejército para cumplir una misión de seguridad y defensa. Se cumple el servicio y se realiza el pago. Un ejército profesional, de voluntarios, el mejor ejército del mundo en esa época, es contratado para realizar una labor que actualmente realizan en exclusiva los Estados: la defensa (que en la mayor parte de los casos incluye, de hecho, también la ofensa o agresión a otros estados).

Con el correr del tiempo, la suerte de Roger de Flor cambió. El hijo de Andrónico, Miguel IX, recelaba de la supuesta ambición de Roger de Flor y mandó asesinarle. El capitán y guía de los almogávares cayó. Sus soldados quedaron descabezados en un territorio que se había vuelto hostil.

Y aquí comienza lo que se conoce como la venganza catalana. Los almogávares, rotos los contratos de defensa y seguridad, incumplidas o deshechas las promesas de pago en forma de feudos en Anatolia, asesinado su capitán, tomaron de nuevo las armas, que era lo que mejor sabían hacer. La venganza catalana se volvió contra Bizancio. El aliado se volvió enemigo. La población sufrió también la ira de los almogávares, quienes, en posición de inferioridad numérica, siendo apenas ocho mil, lograron sobrevivir al ejército de Bizancio, que no logró hacerles sombra. Queda dicho que Bizancio era una sombra de sí mismo. Los almogávares se hicieron fuertes en una pequeña región del Peloponeso, esa región que históricamente prosperó, entre otras razones, porque allí, entre montañas abundantes e islas numerosas, era fácil organizar un enclave y defenderlo. Que se lo pregunten a los minoicos, entre otros, en su isla. Siglos después de la antigua Grecia, los almogávares hicieron lo mismo. Fijaron una posición y la defendieron durante un siglo. Constituyeron el ducado de Atenas y Neopatria (la nueva patria). Nominalmente quedaban adscritos a la Corona de Aragón, que en realidad quedaba muy lejos. Allí vivieron y prosperaron durante un siglo, como se dice. En el otro confín del Mediterráneo. Neopatria. Se dice que Roma no pagaba traidores. Los almogávares pagaron con sangre la traición de Bizancio. La traición y el incumplimiento del contrato.

Los almogávares en Bizancio demostraron que la contratación de un ejército de voluntarios, privado, resultó más eficaz que la actuación de un ejército estatal: el de Bizancio, que se mostraba incapaz de defenderse del turco; y más eficaz que el ejército de los propios anatolios, a quienes vencieron en inferioridad de condiciones. Los almogávares en Bizancio demostraron, por otro lado, cuando se incumplió el contrato con el asesinato de su capitán, que la justicia privada, al igual que la defensa, también es más eficaz que la justicia estatal. La venganza catalana dio buena cuenta de lo caro que cuesta incumplir los contratos. Los almogávares cambiaron los feudos de anatolia, arrebatados por Bizancio, por un pequeño territorio en Grecia del que se apropiaron quizás a cambio de aquel: el ducado de Atenas y Neopatria. En Atenas, por cierto, los almogávares reabrieron la academia, que había sido cerrada en tiempos de Justiniano.