Dioses y business

Llegaban los fenicios a las costas de Iberia. Fundaban un santuario a Melkhart, a Baal, a su esposa Astarté, o a quien fuera. Pedían que sus dioses les fueran propicios en sus viajes y en sus negocios, pues todo era uno. Y luego comerciaban con los indígenas. Buscaban los metales. El oro y, sobre todo, la plata de Tartessos (de lo que iba siendo Tartessos). Al principio buscaban también el estaño, del que el mar Mediterráneo era deficitario. A cambio de los metales ofrecían ánforas y orfebrería (metales trabajados con arte y técnica).

En los intercambios iba llegando el alfabeto, registrado en documentos comerciales. En los intercambios saltaban las gallinas de los barcos fenicios, el olivo, la vid, más técnicas nuevas  (para construir embarcaciones mejores o extraer más productivamente los metales).
Y los intercambios se producían en los templos o santuarios, que aportaban algo así como la seguridad jurídica, el juramento o garantía de que no se produciría engaño, cada cual juraba a su dios y se atenía a las consecuencias. Los dioses eran los garantes de los intercambios de los hombres.
Era costumbre semita la que Jesús quiso abolir echando a los cambistas del templo, con el mensaje de que no podía servirse a dos amos, a Dios y al dinero.

Dioses y business

Dioses y business

Llegaban los fenicios a las costas de Iberia. Fundaban un santuario a Melkhart, a Baal, a su esposa Astarté, o a quien fuera. Pedían que sus dioses les fueran propicios en sus viajes y en sus negocios, pues todo era uno. Y luego comerciaban con los indígenas. Buscaban los metales. El oro y, sobre todo, la plata de Tartessos (de lo que iba siendo Tartessos). Al principio buscaban también el estaño, del que el mar Mediterráneo era deficitario. A cambio de los metales ofrecían ánforas y orfebrería (metales trabajados con arte y técnica).
En los intercambios iba llegando el alfabeto, registrado en documentos comerciales. En los intercambios saltaban las gallinas de los barcos fenicios, el olivo, la vid, más técnicas nuevas  (para construir embarcaciones mejores o extraer más productivamente los metales).
Y los intercambios se producían en los templos o santuarios, que aportaban algo así como la seguridad jurídica, el juramento o garantía de que no se produciría engaño, cada cual juraba a su dios y se atenía a las consecuencias. Los dioses eran los garantes de los intercambios de los hombres.
Era costumbre semita la que Jesús quiso abolir echando a los cambistas del templo, con el mensaje de que no podía servirse a dos amos, a Dios y al dinero.

Convivir con el misterio

Nuestro entendimiento alcanza lo que alcanza. Podemos desarrollarlo, podemos leer o escuchar lo alcanzado por otros, pero siempre habrá algo más allá. La incertidumbre, el no saber (por mucho que queramos saber), lo inalcanzable. ¿Cómo convivimos con esta incertidumbre? ¿Sabemos sobrellevarla? ¿La tratamos con alegría?, pues siempre es bueno (o, al menos, no necesariamente malo), siempre es bueno saber que hay lo desconocido detrás del horizonte. El deleite de la exploración, el disfrute del camino. Y lo más desconocido todavía más allá, al final del camino… y todavía más allá. Siempre más allá, lo que nos mantiene en esto que llamamos el vivir.

¿Cómo convivimos con el misterio? Se me ocurren tres maneras. Negándolo (incredulidad, ateísmo), averiguándolo o tratando de averiguarlo (cientificismo) o deleitándose en él (misticismo).

La primera de ellas, la negación del misterio. Como no alcanzo a entender algo, no hay algo. Como no comprendo todo, no hay todo, me quedo en esta parte. Porque estoy suponiendo, desde la soberbia, que el hombre todo lo alcanza, y si no lo alcanza es porque no hay lo inalcanzable. Negamos la incertidumbre, el misterio, la posibilidad del no saber. Nos quedamos dentro de nuestro círculo, en nuestro terreno. Y que no nos muevan, por si caemos en un terreno nuevo al que habría de hacerse… Uf, qué pereza o qué miedo, ese acostumbramiento. La negación guiada por el miedo.

La segunda actitud ante el misterio o el no saber, sería el cientificismo. Aquí estamos, es lo que hay, ahora toca sobrevivir. Conozcamos el entorno para desarrollar los medios de supervivencia (las técnicas): comer y no ser comidos. La economía y la defensa. El hacha de piedra y todas las ingenierías que vendrán luego. El arco y la flecha, la trayectoria del proyectil, lo nuclear. Un poco todo eso. Las técnicas que van haciendo las ciencias. Conocemos y exploramos. La actitud científica, positiva. Pero, ay, es que hay cosas que no sabemos ni sabremos… ¿Es acaso posible conocer el mundo desde dentro del mundo?

Y la tercera de las actitudes sería la mística. El  ‘quedeme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo’, que decía San Juan de la Cruz. El ‘déjate entrar y permanecer en la nube del no-saber’, que decía un texto inglés del siglo XIV. El hombre ya no es soberbio, sabe que la ciencia y el conocimiento de ella derivado le lleva hasta cierto punto. Pero hay lo desconocido y siempre lo habrá. ¿Qué actitud tenemos ante él, cómo convivimos con el misterio o la incertidumbre? Con deleite, sin desesperación. Sin desesperación por no haberlo alcanzado todavía, en este aquí y este ahora, por no haber alcanzado ese estado pleno de felicidad cuya búsqueda parace que nos guía. Del ‘muero porque no muero’, de Santa Teresa, al ‘quedeme y olvideme’, de San Juan de la Cruz. Ante la incertidumbre, calma y buenos alimentos. Abandono y goce pleno.

El principio de la gracia suficiente y eficiente

La escolástica, que quizás fundara Santo Tomás en Italia, o en sus clases en la Universidad de París, allá por el s. XIII, tuvo un desarrollo especialísimo en Salamanca, en el Siglo de Oro español. Varias fueron las polémicas que allí se fueron desarrollando, para afinar en cuestiones de fe mediante el uso de la razón, esas dos armas o fuerzas complementarias y no rivales. Una de estas polémicas, De Auxiliis, fue principalmente sostenida entre Domingo Báñez (dominico) y Luis de Molina (jesuita). (Conviene no confundir a Luis de Molina con Miguel de Molina, que es otra historia). Así, Luis de Molina había escrito La Concordia, una obra en la que intentaba conciliar la providencia divina con el libre albedrío del hombre. De esta forma, el hombre, al nacer, poseía ya la gracia suficiente que, debidamente desarrollada en su camino de perfección en este mundo, sería, a su vez, eficiente para lograr la salvación, es decir, el acceso a los cielos. Este principio de la gracia suficiente y eficiente, esta chispa divina que existe en el hombre y que, convenientemente desarrollada mediante las obras en este mundo, le conduce al paraíso/cielo/salvación, este principio, decimos, que afirma el libre albedrío del hombre, pues con esta gracia puede hacer el bien o bien puede ignorarlo (libre es de ello), con este principio, seguimos diciendo, se establecía una distinción clara frente al determinismo luterano, pues los protestantes se habían inclinado hacia la doctrina de la predestinación: el hombre, caído a causa del pecado original, sólo podía salvarse mediante la fe, las obras no importaban; Dios en última instancia, era quien otorgaba o no otorgaba su Gracia para la salvación del hombre. ¿Y cómo podíamos saber si Dios nos había otorgado su gracia, qué pistas teníamos de nuestra salvación, según la cosa luterana? Pues según nos fuera en este mundo, ése sería el indicio. Si obteníamos riquezas, es que Dios nos estaba favoreciendo. Así que lo luterano se iba concentrando en la obtención de las riquezas y en esa fe solitaria, ausente de obras, para el logro de la salvación. Lo luterano derivaba hacia el materialismo y hacía el olvido de lo espiritual. Aquí, en Salamanca, y en el mundo católico en general, se creía en la libertad del hombre, en sus acciones, en sus obras, rectas y debidamente trabajadas, para el acceso a los cielos. La vida como camino de perfeccionamiento.

El litio del demonio

A lo largo de la historia, el hombre ha perseguido los metales con empecinamiento, pues ¿quién no ha necesitado nunca mejores espadas?

Los fenicios llegaron a Iberia en busca de estaño, por ejemplo, que cambiaban por sus productos. Y luego se buscaron nuevos caminos fuera del Mediterráneo, hacia Inglaterra, en busca de más estaño todavía. De la aleación del estaño con el cobre se obtenía el bronce; para el logro de las mejores espadas, como decimos. Se buscaba con el estaño ese salto tecnológico que diera la ventaja decisiva en las siguientes batallas de la historia.

Y quien dice estaño dice oro y plata, otros metales, distintos y más valiosos, que hacían de monedas y que resultaban cada vez más decisivos en el financiamiento de las guerras, pues había que pagar a los soldados, esa antigua costumbre. Aún no había llegado Napoleón para levantar al pueblo en armas de forma gratuita; las levas masivas y nacionales que se han ido poniendo de moda en las últimas guerras. (Se dice que el Estado moderno se ha inventado para evitar pagar a los soldados.) Pues entre que llegaba y no llegaba esa gratuidad de los soldados, se requería de oro y de plata para pagar las guerras y, a ser posible, ganarlas.

En la revolución industrial estaba el carbón y ahora está el petróleo, que ninguno son metales, pero sirven para reforzar la idea de que siempre se ha ido rascando en el subsuelo.

¿Y que se rascará mañana en el subsuelo? Pues litio, que ya ha empezado a rascarse, de hecho. Litio para la batería del teléfono móvil con el que quizás leas esto. Y litio también, en cantidades muchos mayores, para las baterías de los coches eléctricos que salvarán sigilosamente el planeta, según se dice. ¿Y dónde se encuentra el litio del demonio? Pues no está en Iberia ni en Inglaterra, como estaba el estaño. Tampoco en el País de Gales, como el carbón de la revolución industrial; ni en Oriente Medio, Rusia o Venezuela, como el petróleo de ahora. Las minas de litio se encuentran en muy pocos lugares del mundo. En Australia, en Bolivia y en Chile, básicamente. Es un metal muy escaso y muy concentrado, sobre el que se lanzan con avidez o necesidad los dos principales contendientes de este momento de la historia, los dos imperios, el naciente y el poniente, es decir, China y USA. Una rivalidad que va derribando sus gobiernos por el camino, claro, para afiliarlos a sus intereses. Así en Chile o en Bolivia, recientemente. Y los pueblos, con la ilusión de estar haciendo sus pequeñas revoluciones, pensando que se mueven por altos ideales, se encuentran mirando al cielo. Mejor que mirasen al subsuelo, donde laten las bajas pasiones y el litio.

De gobiernos y horizontes

Los vídeos de Xavier Ríus me han devuelto un cierto interés por la política. Un interés relativo, pero que ahí renace, inexplicable. A veces pasa esto. En uno de sus vídeos, Xavier Ríus comenta una frase de Josep Pla al llegar a Nueva York, al contemplar ese horizonte verticalizado y metálico: “Aixó qui lo paga?”. Esto quién lo paga. Era el interés genuino de Pla en conocer la naturaleza exacta de las cosas. Cómo se sustenta esa verdad estética y grandiosa que tenemos ahí delante.
Porque la estética, como idea, tiene que acabar por construirse con materia si quiere llegar a ser.

Las elecciones son como sueños colectivos: la idea de construir mundos. (O la idea de evitar que otros nos los construyan.) Idealismo cien por cien. O incluso todo a cien. Pero el sustento de ese idealismo, o la materia con que pretenden llegar a ser, se encuentra en nuestros bolsillos. Y hará falta la fuerza de los impuestos para extraerla.

Ante los devaneos electorales se encuentra la consistencia sensata de los mercados. Los mercados son la suma de todos nuestros bolsillos. Y los bolsillos, a su vez, son la suma de antiguos sudores. Los mercados no sustentarán las locuras transitorias y electorales que acabamos de presenciar, resumidas en un gobierno bicéfalo, con dos cerebros o con ninguno. No hay ni siquiera estética. Y, por supuesto, no hay dinero.

Bizancio y la contratación del mejor ejército del mundo

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Roger de Flor, o Roger de Blum, fue un caballero de fortuna del siglo XIII-XIV que quiso seguir los caminos de la mar. Nació en los territorios del sur de la actual Italia, que en aquel entonces estaban en poder de la corona de Aragón. La isla de Sicilia, por ejemplo, estuvo en poder de la Corona de Aragón/España hasta el siglo XVIII (cuatro siglos), más tiempo del que viene perteneciendo a la Italia unificada (dos siglos). En Brindisi nació Roger de Flor, en el tacón de la bota geográfica o militar que bien pronto se calzó. Entró al servicio de un caballero templario, quedó huérfano de padre y madre, y la milicia fue su vida y su familia desde pronto.

Tras el fracaso de la última cruzada, los cristianos de Tierra Santa se encontraban en apuros ante la definitiva expansión musulmana. Fueron solicitados los servicios de los caballeros templarios, entre ellos, el de Roger de Flor. Allí acudieron los caballeros templarios, que también tenían en Oriente Próximo tierras, haciendas y castillos. Acudieron al rescate de los cristianos, los rescataron y los sacaron del creciente avispero de oriente medio, pero no pudieron, sin embargo, conservar ningún enclave ya en la zona. Tras la operación militar, Roger de Flor fue acusado de desplumar en exceso a los cristianos, de quedarse con una parte de sus dineros o riquezas más allá de lo considerado razonable por el pago de sus servicios de seguridad. Así que Roger de Flor fue expulsado de la Orden. Los templarios, como cuerpo de ejército autónomo, fueron solicitados y contratados, digamos, para cumplir un servicio. El servicio se cumplió, el pago se hizo y para salvaguardar su buen nombre entre los actuales y futuros clientes (entre ellos la Iglesia, a la que en cierta forma estaba adscrito) expulsó a uno de sus miembros por haberse excedido en su labor, o por haber cobrado un precio excesivo por la labor realizada.

Éste es un ejemplo histórico de contratación de los servicios de defensa, no al Estado, sino a un cuerpo de ejército privado, o un ejército de mercenarios, si se prefiere, aunque eran mucho más que eso, los templarios, pues había una argamasa religiosa que mantenía al cuerpo unido, más allá del interés pecuniario. Un ejército de monjes/soldados contratados para realizar campañas militares, o Cruzadas, en el Mediterráneo oriental de la época.

Roger de Flor, con el correr del tiempo, entró a formar parte de otro ejército de voluntarios que se iba quedando sin trabajo. Eran los almogávares. Los almogávares fueron originalmente gentes de frontera, en el bajo Pirineo, que fueron realizando la Reconquista, tanto al servicio de la Corona de Castilla como de la de Aragón. La principal tarea de la Reconquista ya estaba hecha en el s. XIV, así que muchos de ellos participaron al servicio de la corona de Aragón en su expansión a lo largo del Mediterráneo, desde la conquista de Mallorca a la de Sicilia y más allá. Pero tanto la Reconquista de la península como la conquista mediterránea se iban consolidando y los almogávares se iban quedando de nuevo sin trabajo, hasta que sus servicios fueron solicitados por el emperador de Bizancio, Andrónico II Paleólogo.

Bizancio estaba siendo una sombra de lo que fue. Confinada prácticamente en la parte europea, conservaba apenas los territorios de la actual Grecia y algo más allá en los Balcanes; apenas nada en la península anatolia, que estaba siendo dominada de un extremo a otro por los otomanos. Andrónico solicitó los servicios de los almogávares para evitar que cayera su capital en poder del turco. Allí acudieron unos cuantos y unos cuantos más se les fueron uniendo por el camino. En total, unos ocho mil soldados de élite, veteranos de cien guerras, con la promesa de salvar un imperio. Y los mercenarios, de nuevo, cumplieron su contrato y compromiso. Dieron la batalla y vencieron. Atravesaron Anatolia de un lado a otro; y guerrearon hasta los confines de Armenia. Lo que hiciera falta. Se les encomendó derrotar al turco y lo derrotaron. Andrónico, en pago de sus servicios, también cumplió. Nombró megaduque a Roger de Flor, concediéndole feudos y territorios en la región de Anatolia, así como la capitanía general de sus ejércitos.

Veamos de nuevo el ejemplo histórico: se contrata un cuerpo de ejército para cumplir una misión de seguridad y defensa. Se cumple el servicio y se realiza el pago. Un ejército profesional, de voluntarios, el mejor ejército del mundo en esa época, es contratado para realizar una labor que actualmente realizan en exclusiva los Estados: la defensa (que en la mayor parte de los casos incluye, de hecho, también la ofensa o agresión a otros estados).

Con el correr del tiempo, la suerte de Roger de Flor cambió. El hijo de Andrónico, Miguel IX, recelaba de la supuesta ambición de Roger de Flor y mandó asesinarle. El capitán y guía de los almogávares cayó. Sus soldados quedaron descabezados en un territorio que se había vuelto hostil.

Y aquí comienza lo que se conoce como la venganza catalana. Los almogávares, rotos los contratos de defensa y seguridad, incumplidas o deshechas las promesas de pago en forma de feudos en Anatolia, asesinado su capitán, tomaron de nuevo las armas, que era lo que mejor sabían hacer. La venganza catalana se volvió contra Bizancio. El aliado se volvió enemigo. La población sufrió también la ira de los almogávares, quienes, en posición de inferioridad numérica, siendo apenas ocho mil, lograron sobrevivir al ejército de Bizancio, que no logró hacerles sombra. Queda dicho que Bizancio era una sombra de sí mismo. Los almogávares se hicieron fuertes en una pequeña región del Peloponeso, esa región que históricamente prosperó, entre otras razones, porque allí, entre montañas abundantes e islas numerosas, era fácil organizar un enclave y defenderlo. Que se lo pregunten a los minoicos, entre otros, en su isla. Siglos después de la antigua Grecia, los almogávares hicieron lo mismo. Fijaron una posición y la defendieron durante un siglo. Constituyeron el ducado de Atenas y Neopatria (la nueva patria). Nominalmente quedaban adscritos a la Corona de Aragón, que en realidad quedaba muy lejos. Allí vivieron y prosperaron durante un siglo, como se dice. En el otro confín del Mediterráneo. Neopatria. Se dice que Roma no pagaba traidores. Los almogávares pagaron con sangre la traición de Bizancio. La traición y el incumplimiento del contrato.

Los almogávares en Bizancio demostraron que la contratación de un ejército de voluntarios, privado, resultó más eficaz que la actuación de un ejército estatal: el de Bizancio, que se mostraba incapaz de defenderse del turco; y más eficaz que el ejército de los propios anatolios, a quienes vencieron en inferioridad de condiciones. Los almogávares en Bizancio demostraron, por otro lado, cuando se incumplió el contrato con el asesinato de su capitán, que la justicia privada, al igual que la defensa, también es más eficaz que la justicia estatal. La venganza catalana dio buena cuenta de lo caro que cuesta incumplir los contratos. Los almogávares cambiaron los feudos de anatolia, arrebatados por Bizancio, por un pequeño territorio en Grecia del que se apropiaron quizás a cambio de aquel: el ducado de Atenas y Neopatria. En Atenas, por cierto, los almogávares reabrieron la academia, que había sido cerrada en tiempos de Justiniano.

El hombre de Denísova

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Hace menos de 10 años, en una cueva de Siberia, en los montes Altai, en la actual Rusia, y no lejos de la frontera de Mongolia, en una cueva en medio de aquellas inmensas planicies de centenares de kilómetros de extensión, se encontró el dedo más antiguo del mundo. Medio meñique, para ser exactos. Los arqueólogos llamaron a los científicos que entendían de ADN y analizaron el medio dedo.

Los arqueólogos encontraron después, en la misma cueva, un par de muelas. Volvieron a llamar a los científicos. Y analizadas todas las muestras, el ADN mitocondrial habló: los restos pertenecían a una especie distinta del hombre moderno (el homo sapiens). Pero no pertenecían tampoco al hombre de Neardenthal. Ni Sapiens ni Neardenthales. ¿De qué especie de hombre, pues, se trataba esa, poseedora de una muela que a primera vista uno de los arqueólogos creyó que era la de un oso? El ADN mitocondrial dejaba la puerta abierta al mito… o a la hipótesis, que podía ser la siguiente:

Hace medio millón de años, en ese anteayer tan lejano, de África salieron unos homínidos que, a su vez, con el correr de los milenios, se dividieron en dos especies distintas, con materiales genéticos divergentes. Divergieron también sus caminos: el hombre de Neardenthal se instaló en Europa, principalmente, y el hombre de Denísova (como así lo llamaron) recorrió las largas planicies de Asia. Posteriormente, los neardenthales viajaron también a Asia. Y allí hubo algo de hibridación, es decir, mestizaje, es decir, guerra entre especies distintas de homínidos y violaciones de hembras perdedoras. Poco a poco, el hombre de Denísova fue viajando hacia los climas cálidos del sur de Asia, adaptándose a los sucesivos cambios climáticos, y se refugió, digamos, en las islas Filipinas, Nueva Guinea Papúa, Australia, las islas del Pacífico. Las poblaciones aborígenes de estas regiones, los melanesios, tienen un 5% del material genético perteneciente al hombre de Denísova. Las poblaciones europeas, en cambio, se dice que poseen en torno al 2% del material genético del hombre de Neardenthal.

Pero ambos primitivismos fueron borrados del mapa como especies exclusivas, con entidad propia. Hace 150.000 o 200.000 años, también en África, surgió el Homo Sapiens, el hombre moderno. Hace 50.000 años este hombre moderno, descubridor, conquistador y colonizador había descubierto, conquistado y colonizado Europa. Su mayor y mejor cerebro, capaz del pensamiento asociativo, del desarrollo de ciertas formas de lenguaje, poseedor de una mayor capacidad de relación social y colaboración entre miembros de su especie… Eran capaces de transportar la comida, de conservarla… Esta mayor capacidad técnica o tecnológica (pues, ¿qué es la tecnología si no el descubrimiento progresivo de las leyes de la naturaleza y su aplicación a la economía, es decir, a la mejora de la vida del hombre?), esa mayor capacidad técnica, diré, permitió el crecimiento poblacional de la especie. En las áreas de suroeste de la actual Francia, por ejemplo, se cree que los Homo Sapiens llegaron a ser 10 veces más numerosos que los neardenthales, quienes, claro, como eran menos y menos inteligentes, acabaron por extinguirse. Se estima que hace 30.000 años de esta extinción. No es tanto tiempo.

De los Neardenthales sólo se conserva algo de su rastro genético, pues parece que también hubo hibridación, es decir, mestizaje, es decir, violación de hembras perdedoras. De acuerdo, pudo haber también algo de amor entre especies, en algunos casos, no solamente violaciones.

Y los Homo Sapiens, con el poderoso cerebro que guiaba sus pasos, se extendieron por toda la Tierra. Creced y multiplicaos, etc.

En la olvidada cueva de Denísova, por cierto, en estratos diferentes, se han encontrado no sólo restos del hombre de Denísova, sino también de Neardenthales y de homo Sapiens. Es decir, es como si en esas cuevas o templos paleolíticos, tan escasos y dispersos en una Tierra prácticamente despoblada por entonces, todas las especies, en épocas diferentes, se hubieran dado cita. Era difícil encontrar esas grandes cuevas, pero las encontraban. Y fueron el refugio de estos homínidos durante siglos y milenios, supervivientes en la oscuridad de la noche de los tiempos. Murieron individualmente, sí, pero pasaron su material genético de generación en generación. Hasta nosotros. Gracias, muchachos.

El ojo de la democracia

Para que la democracia funcione como tal, en la que las decisiones sobre lo público (o los bienes y servicios que se tienen y gestionan en común) las tome efectivamente el conjunto de la población, para que la democracia funcione como tal, decimos, y no como una oligarquía, ha de constituirse sobre un grupo reducido de población. En estas entidades reducidas todos los sujetos políticos se conocen entre sí y se controlan, no es necesaria la constitución de comités ni se requiere de amplia burocracia para su ejecución. Prima la ley, escasa y sencilla, sobre el reglamento, abundante y escrito en lenguaje farragoso que lo aleja, quizás intencionadamente, del entendimiento del hombre común. Aquí podría destacarse el lenguaje y sus distintas jergas, técnicas o no, como elemento importante para la constitución de subgrupos humanos diferenciados, como barrera de entrada a los mismos. En una democracia pequeña todos conocen y deciden sobre lo de todos. Y lo de todos, o bien público, se convierte o equivale al cabo, pura y simplemente, a la mera gestión de una empresa de propiedad colectiva.

La democracia moderna, en cambio, tiene dos características que la alejan y diferencian de este ideal. En primer lugar, su tamaño. Los sujetos políticos no son dos docenas de personas sino decenas de millones de personas. Aquí el conocimiento de los ciudadanos entre sí es imposible, la creación de múltiples comités y subcomités para esa gestión elefantiásica de los numerosos asuntos parece hasta necesaria y conveniente, y así el crecimiento de la burocracia, con sus técnicos diversos y su jerga ininteligible. Tenemos, pues, una democracia en la que gobiernan los que se sitúan en los comités y los que sitúan a los que se sitúan en los comités. Tenemos una oligarquía. Y la deriva de la democracia a la oligarquía no ha sido algo aleatorio o circunstancial, reversible en su caso, sino que ha sido la consecuencia natural del aumento inusitado del número de sujetos políticos. Los asuntos son muchos, su complejidad creciente, imposible que todos los sujetos políticos conozcan todo, para así decidir con criterio propio sobre todo ello. Los comités y sus oligarcas terminan decidiendo por ellos.
Y la otra característica de la democracia moderna, aparte de su tamaño, que la aleja del ideal mencionado más arriba, es que ha ampliado su carácter o concepto: la democracia ya no consiste tan solo en la mera gestión de los bienes y servicios a los que se les confiere el carácter de públicos (siendo estos cada vez mayores), la democracia es ahora un ingenioso sistema cruzado de transferencias de rentas de unos individuos a otros, de unos grupos de individuos a otros, de unos sectores económicos a otros, de unas regiones a otras. Con los conflictos y rencillas, con el ruido democrático que esto genera. (Con ese ruido se llenan los noticiarios y se nos aturde.) Y las transferencias crecientes y continuas de rentas (que no son de carácter explícito y voluntario, de individuo a individuo), estas transferencias son, también, una consecuencia lógica, y no aleatoria ni circunstancial, del número mayor de sujetos políticos existentes, de tener una “democracia más grande”. Los subgrupos humanos se han organizado ahora como grupos de presión para influir sobre los comités y crear transferencias de rentas hacia sí (a través de modificaciones en leyes y reglamentos que les beneficien). Tenemos una democracia de transferencias de rentas, una socialdemocracia.
Y aquí es donde el tamaño ha resultado aún más decisivo, si cabe, para su implantación, pues las transferencias de rentas en un grupo pequeño en el que todos sus miembros se conocieran quedarían evidenciadas como abuso de unos individuos (bien concretos) sobre otros (también bien concretos). El abuso evidente no sería sostenible durante mucho tiempo. En un grupo grande, en cambio, la ceguera hace sostenible el sistema. El ojo de la democracia, convenientemente ciego, es su mejor aliado.

Inmigración y anarquía

Se dice que la libertad de mercado habría de implicar igualmente la libertad de circulación de personas, es decir, la libre inmigración. Dado que en las últimas décadas se ha producido una importante inmigración en los países europeos y en Norteamérica, así como una creciente globalización comercial a nivel mundial, parece que ambas tendencias, libertad de comercio de mercancías y libertad de movimiento de personas, habrían de ir necesariamente de la mano. Pero esto no es necesariamente así. Es más, puede argüirse desde una óptica de la libertad que ambas tendencias pueden basarse en supuestos contradictorios, al menos tal y como se han producido en las últimas décadas. No es que haya habido simplemente libertad de inmigración, sino que ha habido subvención a la inmigración, es decir, no ha habido libertad de mercado en ese ámbito, sino intervencionismo estatal. En primer lugar, porque los empresarios que contratan a inmigrantes no se hacen cargo de sus costes sanitarios y educativos (de los que disfrutan al menos en Europa), sino que cargan al resto de la sociedad con este coste. Por otro lado, los inmigrantes, junto al sueldo que reciben y a estos beneficios educativos y sanitarios, se ahorran el pago por el uso de las infraestructuras acumuladas en el país durante las últimas décadas. No asumen la parte alícuota que les correspondería del capital social acumulado.

Si consideramos a un país como un club en el que todos los socios pagan su parte o su cuota, los inmigrantes que llegan disfrutan de las infraestructuras acumuladas que han sido financiadas con impuestos de los nacionales. De este modo, si tuviéramos en cuenta las inversiones públicas en carreteras, hospitales, etc., y si considerásemos al menos un período de amortización de estas infraestructuras de treinta años; y sumásemos los costes anuales de mantenimiento; y todo ello lo dividiéramos entre el número de habitantes mayores de edad de un país, obtendríamos el canon de entrada que los recién llegados, en un entorno de libertad y no de coacción impositiva sobre el resto de los nacionales, quizás habrían de pagar y no pagan.

Quienes estuvieran a favor de la inmigración podrían, lógicamente, abonar a los inmigrantes las respectivas cuotas de entrada y permanencia en el país, así como sus costes anuales en sanidad y educación.