Bizancio y la contratación del mejor ejército del mundo

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Roger de Flor, o Roger de Blum, fue un caballero de fortuna del siglo XIII-XIV que quiso seguir los caminos de la mar. Nació en los territorios del sur de la actual Italia, que en aquel entonces estaban en poder de la corona de Aragón. La isla de Sicilia, por ejemplo, estuvo en poder de la Corona de Aragón/España hasta el siglo XVIII (cuatro siglos), más tiempo del que viene perteneciendo a la Italia unificada (dos siglos). En Brindisi nació Roger de Flor, en el tacón de la bota geográfica o militar que bien pronto se calzó. Entró al servicio de un caballero templario, quedó huérfano de padre y madre, y la milicia fue su vida y su familia desde pronto.

Tras el fracaso de la última cruzada, los cristianos de Tierra Santa se encontraban en apuros ante la definitiva expansión musulmana. Fueron solicitados los servicios de los caballeros templarios, entre ellos, el de Roger de Flor. Allí acudieron los caballeros templarios, que también tenían en Oriente Próximo tierras, haciendas y castillos. Acudieron al rescate de los cristianos, los rescataron y los sacaron del creciente avispero de oriente medio, pero no pudieron, sin embargo, conservar ningún enclave ya en la zona. Tras la operación militar, Roger de Flor fue acusado de desplumar en exceso a los cristianos, de quedarse con una parte de sus dineros o riquezas más allá de lo considerado razonable por el pago de sus servicios de seguridad. Así que Roger de Flor fue expulsado de la Orden. Los templarios, como cuerpo de ejército autónomo, fueron solicitados y contratados, digamos, para cumplir un servicio. El servicio se cumplió, el pago se hizo y para salvaguardar su buen nombre entre los actuales y futuros clientes (entre ellos la Iglesia, a la que en cierta forma estaba adscrito) expulsó a uno de sus miembros por haberse excedido en su labor, o por haber cobrado un precio excesivo por la labor realizada.

Éste es un ejemplo histórico de contratación de los servicios de defensa, no al Estado, sino a un cuerpo de ejército privado, o un ejército de mercenarios, si se prefiere, aunque eran mucho más que eso, los templarios, pues había una argamasa religiosa que mantenía al cuerpo unido, más allá del interés pecuniario. Un ejército de monjes/soldados contratados para realizar campañas militares, o Cruzadas, en el Mediterráneo oriental de la época.

Roger de Flor, con el correr del tiempo, entró a formar parte de otro ejército de voluntarios que se iba quedando sin trabajo. Eran los almogávares. Los almogávares fueron originalmente gentes de frontera, en el bajo Pirineo, que fueron realizando la Reconquista, tanto al servicio de la Corona de Castilla como de la de Aragón. La principal tarea de la Reconquista ya estaba hecha en el s. XIV, así que muchos de ellos participaron al servicio de la corona de Aragón en su expansión a lo largo del Mediterráneo, desde la conquista de Mallorca a la de Sicilia y más allá. Pero tanto la Reconquista de la península como la conquista mediterránea se iban consolidando y los almogávares se iban quedando de nuevo sin trabajo, hasta que sus servicios fueron solicitados por el emperador de Bizancio, Andrónico II Paleólogo.

Bizancio estaba siendo una sombra de lo que fue. Confinada prácticamente en la parte europea, conservaba apenas los territorios de la actual Grecia y algo más allá en los Balcanes; apenas nada en la península anatolia, que estaba siendo dominada de un extremo a otro por los otomanos. Andrónico solicitó los servicios de los almogávares para evitar que cayera su capital en poder del turco. Allí acudieron unos cuantos y unos cuantos más se les fueron uniendo por el camino. En total, unos ocho mil soldados de élite, veteranos de cien guerras, con la promesa de salvar un imperio. Y los mercenarios, de nuevo, cumplieron su contrato y compromiso. Dieron la batalla y vencieron. Atravesaron Anatolia de un lado a otro; y guerrearon hasta los confines de Armenia. Lo que hiciera falta. Se les encomendó derrotar al turco y lo derrotaron. Andrónico, en pago de sus servicios, también cumplió. Nombró megaduque a Roger de Flor, concediéndole feudos y territorios en la región de Anatolia, así como la capitanía general de sus ejércitos.

Veamos de nuevo el ejemplo histórico: se contrata un cuerpo de ejército para cumplir una misión de seguridad y defensa. Se cumple el servicio y se realiza el pago. Un ejército profesional, de voluntarios, el mejor ejército del mundo en esa época, es contratado para realizar una labor que actualmente realizan en exclusiva los Estados: la defensa (que en la mayor parte de los casos incluye, de hecho, también la ofensa o agresión a otros estados).

Con el correr del tiempo, la suerte de Roger de Flor cambió. El hijo de Andrónico, Miguel IX, recelaba de la supuesta ambición de Roger de Flor y mandó asesinarle. El capitán y guía de los almogávares cayó. Sus soldados quedaron descabezados en un territorio que se había vuelto hostil.

Y aquí comienza lo que se conoce como la venganza catalana. Los almogávares, rotos los contratos de defensa y seguridad, incumplidas o deshechas las promesas de pago en forma de feudos en Anatolia, asesinado su capitán, tomaron de nuevo las armas, que era lo que mejor sabían hacer. La venganza catalana se volvió contra Bizancio. El aliado se volvió enemigo. La población sufrió también la ira de los almogávares, quienes, en posición de inferioridad numérica, siendo apenas ocho mil, lograron sobrevivir al ejército de Bizancio, que no logró hacerles sombra. Queda dicho que Bizancio era una sombra de sí mismo. Los almogávares se hicieron fuertes en una pequeña región del Peloponeso, esa región que históricamente prosperó, entre otras razones, porque allí, entre montañas abundantes e islas numerosas, era fácil organizar un enclave y defenderlo. Que se lo pregunten a los minoicos, entre otros, en su isla. Siglos después de la antigua Grecia, los almogávares hicieron lo mismo. Fijaron una posición y la defendieron durante un siglo. Constituyeron el ducado de Atenas y Neopatria (la nueva patria). Nominalmente quedaban adscritos a la Corona de Aragón, que en realidad quedaba muy lejos. Allí vivieron y prosperaron durante un siglo, como se dice. En el otro confín del Mediterráneo. Neopatria. Se dice que Roma no pagaba traidores. Los almogávares pagaron con sangre la traición de Bizancio. La traición y el incumplimiento del contrato.

Los almogávares en Bizancio demostraron que la contratación de un ejército de voluntarios, privado, resultó más eficaz que la actuación de un ejército estatal: el de Bizancio, que se mostraba incapaz de defenderse del turco; y más eficaz que el ejército de los propios anatolios, a quienes vencieron en inferioridad de condiciones. Los almogávares en Bizancio demostraron, por otro lado, cuando se incumplió el contrato con el asesinato de su capitán, que la justicia privada, al igual que la defensa, también es más eficaz que la justicia estatal. La venganza catalana dio buena cuenta de lo caro que cuesta incumplir los contratos. Los almogávares cambiaron los feudos de anatolia, arrebatados por Bizancio, por un pequeño territorio en Grecia del que se apropiaron quizás a cambio de aquel: el ducado de Atenas y Neopatria. En Atenas, por cierto, los almogávares reabrieron la academia, que había sido cerrada en tiempos de Justiniano.

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El hombre de Denísova

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Hace menos de 10 años, en una cueva de Siberia, en los montes Altai, en la actual Rusia, y no lejos de la frontera de Mongolia, en una cueva en medio de aquellas inmensas planicies de centenares de kilómetros de extensión, se encontró el dedo más antiguo del mundo. Medio meñique, para ser exactos. Los arqueólogos llamaron a los científicos que entendían de ADN y analizaron el medio dedo.

Los arqueólogos encontraron después, en la misma cueva, un par de muelas. Volvieron a llamar a los científicos. Y analizadas todas las muestras, el ADN mitocondrial habló: los restos pertenecían a una especie distinta del hombre moderno (el homo sapiens). Pero no pertenecían tampoco al hombre de Neardenthal. Ni Sapiens ni Neardenthales. ¿De qué especie de hombre, pues, se trataba esa, poseedora de una muela que a primera vista uno de los arqueólogos creyó que era la de un oso? El ADN mitocondrial dejaba la puerta abierta al mito… o a la hipótesis, que podía ser la siguiente:

Hace medio millón de años, en ese anteayer tan lejano, de África salieron unos homínidos que, a su vez, con el correr de los milenios, se dividieron en dos especies distintas, con materiales genéticos divergentes. Divergieron también sus caminos: el hombre de Neardenthal se instaló en Europa, principalmente, y el hombre de Denísova (como así lo llamaron) recorrió las largas planicies de Asia. Posteriormente, los neardenthales viajaron también a Asia. Y allí hubo algo de hibridación, es decir, mestizaje, es decir, guerra entre especies distintas de homínidos y violaciones de hembras perdedoras. Poco a poco, el hombre de Denísova fue viajando hacia los climas cálidos del sur de Asia, adaptándose a los sucesivos cambios climáticos, y se refugió, digamos, en las islas Filipinas, Nueva Guinea Papúa, Australia, las islas del Pacífico. Las poblaciones aborígenes de estas regiones, los melanesios, tienen un 5% del material genético perteneciente al hombre de Denísova. Las poblaciones europeas, en cambio, se dice que poseen en torno al 2% del material genético del hombre de Neardenthal.

Pero ambos primitivismos fueron borrados del mapa como especies exclusivas, con entidad propia. Hace 150.000 o 200.000 años, también en África, surgió el Homo Sapiens, el hombre moderno. Hace 50.000 años este hombre moderno, descubridor, conquistador y colonizador había descubierto, conquistado y colonizado Europa. Su mayor y mejor cerebro, capaz del pensamiento asociativo, del desarrollo de ciertas formas de lenguaje, poseedor de una mayor capacidad de relación social y colaboración entre miembros de su especie… Eran capaces de transportar la comida, de conservarla… Esta mayor capacidad técnica o tecnológica (pues, ¿qué es la tecnología si no el descubrimiento progresivo de las leyes de la naturaleza y su aplicación a la economía, es decir, a la mejora de la vida del hombre?), esa mayor capacidad técnica, diré, permitió el crecimiento poblacional de la especie. En las áreas de suroeste de la actual Francia, por ejemplo, se cree que los Homo Sapiens llegaron a ser 10 veces más numerosos que los neardenthales, quienes, claro, como eran menos y menos inteligentes, acabaron por extinguirse. Se estima que hace 30.000 años de esta extinción. No es tanto tiempo.

De los Neardenthales sólo se conserva algo de su rastro genético, pues parece que también hubo hibridación, es decir, mestizaje, es decir, violación de hembras perdedoras. De acuerdo, pudo haber también algo de amor entre especies, en algunos casos, no solamente violaciones.

Y los Homo Sapiens, con el poderoso cerebro que guiaba sus pasos, se extendieron por toda la Tierra. Creced y multiplicaos, etc.

En la olvidada cueva de Denísova, por cierto, en estratos diferentes, se han encontrado no sólo restos del hombre de Denísova, sino también de Neardenthales y de homo Sapiens. Es decir, es como si en esas cuevas o templos paleolíticos, tan escasos y dispersos en una Tierra prácticamente despoblada por entonces, todas las especies, en épocas diferentes, se hubieran dado cita. Era difícil encontrar esas grandes cuevas, pero las encontraban. Y fueron el refugio de estos homínidos durante siglos y milenios, supervivientes en la oscuridad de la noche de los tiempos. Murieron individualmente, sí, pero pasaron su material genético de generación en generación. Hasta nosotros. Gracias, muchachos.

El ojo de la democracia

Para que la democracia funcione como tal, en la que las decisiones sobre lo público (o los bienes y servicios que se tienen y gestionan en común) las tome efectivamente el conjunto de la población, para que la democracia funcione como tal, decimos, y no como una oligarquía, ha de constituirse sobre un grupo reducido de población. En estas entidades reducidas todos los sujetos políticos se conocen entre sí y se controlan, no es necesaria la constitución de comités ni se requiere de amplia burocracia para su ejecución. Prima la ley, escasa y sencilla, sobre el reglamento, abundante y escrito en lenguaje farragoso que lo aleja, quizás intencionadamente, del entendimiento del hombre común. Aquí podría destacarse el lenguaje y sus distintas jergas, técnicas o no, como elemento importante para la constitución de subgrupos humanos diferenciados, como barrera de entrada a los mismos. En una democracia pequeña todos conocen y deciden sobre lo de todos. Y lo de todos, o bien público, se convierte o equivale al cabo, pura y simplemente, a la mera gestión de una empresa de propiedad colectiva.

La democracia moderna, en cambio, tiene dos características que la alejan y diferencian de este ideal. En primer lugar, su tamaño. Los sujetos políticos no son dos docenas de personas sino decenas de millones de personas. Aquí el conocimiento de los ciudadanos entre sí es imposible, la creación de múltiples comités y subcomités para esa gestión elefantiásica de los numerosos asuntos parece hasta necesaria y conveniente, y así el crecimiento de la burocracia, con sus técnicos diversos y su jerga ininteligible. Tenemos, pues, una democracia en la que gobiernan los que se sitúan en los comités y los que sitúan a los que se sitúan en los comités. Tenemos una oligarquía. Y la deriva de la democracia a la oligarquía no ha sido algo aleatorio o circunstancial, reversible en su caso, sino que ha sido la consecuencia natural del aumento inusitado del número de sujetos políticos. Los asuntos son muchos, su complejidad creciente, imposible que todos los sujetos políticos conozcan todo, para así decidir con criterio propio sobre todo ello. Los comités y sus oligarcas terminan decidiendo por ellos.
Y la otra característica de la democracia moderna, aparte de su tamaño, que la aleja del ideal mencionado más arriba, es que ha ampliado su carácter o concepto: la democracia ya no consiste tan solo en la mera gestión de los bienes y servicios a los que se les confiere el carácter de públicos (siendo estos cada vez mayores), la democracia es ahora un ingenioso sistema cruzado de transferencias de rentas de unos individuos a otros, de unos grupos de individuos a otros, de unos sectores económicos a otros, de unas regiones a otras. Con los conflictos y rencillas, con el ruido democrático que esto genera. (Con ese ruido se llenan los noticiarios y se nos aturde.) Y las transferencias crecientes y continuas de rentas (que no son de carácter explícito y voluntario, de individuo a individuo), estas transferencias son, también, una consecuencia lógica, y no aleatoria ni circunstancial, del número mayor de sujetos políticos existentes, de tener una “democracia más grande”. Los subgrupos humanos se han organizado ahora como grupos de presión para influir sobre los comités y crear transferencias de rentas hacia sí (a través de modificaciones en leyes y reglamentos que les beneficien). Tenemos una democracia de transferencias de rentas, una socialdemocracia.
Y aquí es donde el tamaño ha resultado aún más decisivo, si cabe, para su implantación, pues las transferencias de rentas en un grupo pequeño en el que todos sus miembros se conocieran quedarían evidenciadas como abuso de unos individuos (bien concretos) sobre otros (también bien concretos). El abuso evidente no sería sostenible durante mucho tiempo. En un grupo grande, en cambio, la ceguera hace sostenible el sistema. El ojo de la democracia, convenientemente ciego, es su mejor aliado.

Inmigración y anarquía

Se dice que la libertad de mercado habría de implicar igualmente la libertad de circulación de personas, es decir, la libre inmigración. Dado que en las últimas décadas se ha producido una importante inmigración en los países europeos y en Norteamérica, así como una creciente globalización comercial a nivel mundial, parece que ambas tendencias, libertad de comercio de mercancías y libertad de movimiento de personas, habrían de ir necesariamente de la mano. Pero esto no es necesariamente así. Es más, puede argüirse desde una óptica de la libertad que ambas tendencias pueden basarse en supuestos contradictorios, al menos tal y como se han producido en las últimas décadas. No es que haya habido simplemente libertad de inmigración, sino que ha habido subvención a la inmigración, es decir, no ha habido libertad de mercado en ese ámbito, sino intervencionismo estatal. En primer lugar, porque los empresarios que contratan a inmigrantes no se hacen cargo de sus costes sanitarios y educativos (de los que disfrutan al menos en Europa), sino que cargan al resto de la sociedad con este coste. Por otro lado, los inmigrantes, junto al sueldo que reciben y a estos beneficios educativos y sanitarios, se ahorran el pago por el uso de las infraestructuras acumuladas en el país durante las últimas décadas. No asumen la parte alícuota que les correspondería del capital social acumulado.

Si consideramos a un país como un club en el que todos los socios pagan su parte o su cuota, los inmigrantes que llegan disfrutan de las infraestructuras acumuladas que han sido financiadas con impuestos de los nacionales. De este modo, si tuviéramos en cuenta las inversiones públicas en carreteras, hospitales, etc., y si considerásemos al menos un período de amortización de estas infraestructuras de treinta años; y sumásemos los costes anuales de mantenimiento; y todo ello lo dividiéramos entre el número de habitantes mayores de edad de un país, obtendríamos el canon de entrada que los recién llegados, en un entorno de libertad y no de coacción impositiva sobre el resto de los nacionales, quizás habrían de pagar y no pagan.

Quienes estuvieran a favor de la inmigración podrían, lógicamente, abonar a los inmigrantes las respectivas cuotas de entrada y permanencia en el país, así como sus costes anuales en sanidad y educación.

Defensa y anarquía

Se dice que las sociedades que no son capaces de defenderse, perecen. Las sociedades antiguas se defendían de forma colectiva cuando se daba el caso. Todos tomaban las armas. En las sociedades más modernas, especializadas en el intercambio, donde la división del trabajo ha avanzado más, se da el caso de los defensores profesionales, los guerreros, el ejército. Ocurre a veces, en una determinada jurisdicción (reino, nación o estado) que esos guerreros, que son profesionales de la defensa en su propia jurisdicción, se convierten en profesionales del ataque en la jurisdicción ajena, esto es, se da el caso de la guerra. ¿Y cómo nos defendemos de la guerra, que pretende el pillaje, el robo, la violación o la destrucción? ¿Nos defendemos con la misma guerra o con el “comercio”? Se dice: únete al enemigo que no puedas vencer. ¿Es acaso mala defensa la política de comprar al enemigo, “manu pecuniari”? ¿O es acaso la mejor defensa, la menos costosa en vidas y dineros? De esta forma ponemos a los guerreros que nos agreden a nuestro servicio, es decir, les pagamos a partir de ahora por defendernos. Les damos una parte menor del botín que esperaban. Menor porque ellos no asumen el riesgo y parte del coste del combate.

Hay quien diría que esto es ceder al chantaje, que es pagar tributo por que no te ofendan o roben o violen o maten. A esto pueden decirse dos cosas. En primer lugar, que siempre hay que pagar un precio por un servicio (en este caso por el servicio de defensa, o por la reversión de la ofensa en defensa). Nadie trabaja gratis, salvo los esclavos y los contribuyentes. Y, en segundo lugar, que siempre habrá competencia en el mercado de guerreros, siempre habrá otros guerreros potenciales que puedan suplir el puesto de estos que pretendemos comprar en primera instancia, haciendo de esta forma, mediante la competencia de guerreros en el mercado de defensa, que el precio que pagamos no sea excesivamente caro (que no haya chantaje, podemos cambiar de guerreros) y, en todo caso, menor al precio en vidas y dineros que una guerra supondría.

Mesopotamian blues

Noé prepara el arca junto a la orilla de algún río de Babilonia. Gilgamesh bostezó ayer, según se dice; y cuando un gigante se aburre, y el bostezo es el instante supremo del aburrimiento, cuando un gigante se aburre mata moscas con el rabo como un vulgar demonio, como uno de esos miles de demonios con los que Lilith se acopló en la orilla de algún desierto, cuando inició su camino de perdición, o cuando ya lo tenía bastante adelantado.

Noé construye porque Gilgamesh bosteza (y hay peligro en ese bostezo). Noé tiene visión de futuro. Lilith, mientras tanto, hace como que procrea, llenándose la espalda de arena y no de alacranes, como de milagro. Tres instantes en el largo verano mesopotámico. Noé en su instante laborioso, que es el que permanece y rinde frutos en los instantes siguientes del porvenir. El bostezo de Gilgamesh y el acoplamiento de Lilith…

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La autoestopista

Dos coches circulan por dos caminos paralelos. Entre los dos caminos, una chica hace autostop. Espera que alguien le lleve a su destino de vacaciones en el mar. Está cansada de llevar la mochila y hace demasiado calor en el mes de agosto, así que alarga el dedo a ver si hay suerte. Milagrosamente (o no), dos coches se detienen y le ofrecen continuar su viaje en el asiento del copiloto.

La autoestopista, antes de tomar una decisión, se lo piensa. Pero rápido.

Al margen de los motivos estéticos, como son el aspecto de los conductores o la robustez de sus vehículos; al margen, también, de la confianza que le induzca cada uno de ellos, la chica piensa en otros motivos. Suponemos, por tanto, igualdad de estética, robustez y confianza. Éste sería el cuadro mental de la chica:

Por un lado, tenemos que uno de los coches va por una carretera estatal. El firme de la vía es peor, ciertamente, hay más baches, más curvas…, pero es “gratis”. La otra carretera, sin embargo, tiene un mejor trazado: el viaje es más rápido y cómodo. La única pega es que no es gratis. Tendrá que compartir con el conductor una parte del peaje de la autopista.

Hasta aquí, la decisión de la chica autoestopista dependerá del dinero que lleve encima y de la disposición o no a afrontar un viaje más o menos cómodo. Un viaje en clase A o en clase B. Pero si la clase B posee una calidad aceptable y encima es “gratis”, pues adelante, coche B, ábreme la puerta que allá voy. El conductor del coche A se queda con dos palmos de narices, tendrá que afrontar solo el peaje de la autopista.

El conductor A saca el ticket y piensa en cuáles pudieron ser las razones por las que la chica no subió a su coche. Al margen de los motivos estéticos y de confianza, sin duda fue determinante que la chica fuera joven y extranjera. Probablemente eso la indujo a tomar la anterior decisión. Si no hubiera sido extranjera, hubiera tenido en cuenta que la carretera estatal no era gratis, sino que había sido financiada con el dinero de sus impuestos. Ciertamente, lo público y lo privado no parten en igualdad de condiciones. No existe una desgravación fiscal por el uso de lo privado, que evite, de esta forma, que se tenga que pagar dos veces por su uso, la primera vez en forma de impuestos, la segunda, en forma de peaje. No existe tampoco la posibilidad de que los impuestos sean voluntarios: carretera A o carretera B, impuestos o peaje.

Y luego está el asunto de la juventud de la chica. El ser joven implica una perspectiva distinta de la vida. Aún no se ha llegado al cambio de rasante del camino vital; no se avista el más allá, las vacaciones no ya en el mar sino en el cielo. Si no hubiera sido joven tal vez hubiera tenido en cuenta que los accidentes de carretera no se deben sólo a la mayor o menor velocidad con la que los vehículos circulan, como dice en la televisión el director de los asunto del tráfico, sino a que la carretera sea pública o privada. Así de simple. Si la carretera es pública estará hecha de aquélla manera. Si es privada, la vía será más amplia y estará mejor trazada, el viaje será más rápido y cómodo para que el potencial cliente visualice las ventajas que su uso le supondrá y esté dispuesto a pagar un precio por ello. Entre estas ventajas está la menor probabilidad de accidentes: Sólo el 7% de los accidentes se producen en las autopistas. Por otro lado, en las autovías públicas es donde se sitúan el 34% de los puntos negros (tres o más accidentes mortales en un mismo año), mientras que en las autopistas sólo se sitúan el 0,4% de los puntos negros. Lógicamente. ¿Cómo podría una empresa privada soportar la publicidad negativa de tener sumideros mortales en su recorrido? Imposible. El asunto sería incluso denunciable. En cambio, si esta situación se produce en las vías públicas, la cosa parece perfectamente asumible por la población.

Pero en nuestro caso parece que la chica era joven e inconsciente. Ella verá con quién se monta.